De qué va esto

cuentos de pájaros... o no


jueves, 20 de diciembre de 2012

Avefrías 1, Chorlitos 0


La tradicional excursión grullera por tierras altoguadiateñas no ha decepcionado este año tampoco. Los pelotes de grullas y no pocos grupos familiares se reparten por las simplificadas dehesas y cultivos convertidos en trampas cenagosas. Todo el mundo estaba donde tenía que estar, sisones, avutardas, aguiluchos pálidos, elanios, cogujadas. Desproporcionados bandos de alondras, calandrias y fringílidos imprimen al paisaje una sensación de movimiento, que rompe la atonía del verde panorama, quebrado, en ocasiones, por el discurrir de los tractores.

Los bandos de avefrías nunca pasan inadvertidos, la alba negrura de su plumaje parece salido de un estudio de diseño gráfico, con un remate final encrestado que acaso estiliza su boceto cefálico. A uno le da la sensación de ser éste un invierno copioso en estos pájaros del frío, percepción tal vez errónea cuando se contrasta con la de otros conespecíficos, bastante mejor documentados y excelentes conocedores del mundo alado. Será así, pero en una nueva ocasión invito al paseante con inquietud aviar a que visite la zona y se manifieste.

Sí se constata que la biomasa alada local está descompensada, la mayor profusión de avefrías se contrarresta con la nula existencia de chorlitos dorados. O no hay, o no los miro bien, o no los veo, que todo puede ser. En cualquier caso, tal hallazgo sí contrasta afirmativamente con lo que han apreciado otros colegas, con observaciones y registros hueros de Pluvialis.

El frío aún no se ha dejado caer por estas tierras, y ello puede aportar una explicación satisfactoria a tal eventualidad, pero el resto de pájaros amantes de lo gélido llevan no pocos días pululando por el lugar. Me falta mundo y conocimiento para confirmar tal circunstancia, pero todo parece indicar que me voy a quedar con las ganas. Otra vez será.


[Dibujo de Gonzalo Gil, tomado de
su blog arteinatura.blogspot.com.es

lunes, 17 de diciembre de 2012

Escribanos palustres en el Alto Guadiato


Floren’s family ya me lo adelantó: hay escribanos palustres en el Alto Guadiato. Varios compañeros han seguido sus pasos y han vuelto a ver a estas estelas de los humedales. Así que mi orgullo de pajarero con cierta veteranía (no lo digo yo, lo dice mi dni), me llevó hasta el lugar exacto de las observaciones.

La primera vez que vi a tan escasísimo animal fue en Daimiel, no hace demasiado tiempo, así que no tiene ningún mérito porque allí se encuentra tal vez la mejor población patria de palustres. Aunque también es el lugar ideal para ver al bigotudo (que para eso fui básicamente) y regresé sonándome los mocos. Aún continúo con el mismo pañuelo.

Después de ese día, mis encuentros con el repicatalons, como le dicen en Cataluña, han sido tan efímeros como inexistentes... hasta la semana pasada, que cayó por fin, ante las ávidas lentes de mis Nikon. En sendas jornadas de campo fueron cazados por mis amarronadas retinas, que a punto estuvieron de sufrir el síndrome marujitadíaz ante tanto tropel de escribanos y escribanas, arroyo arriba, arroyo abajo. Mi empeño inicial por localizar al bicho terminó casi obviándolo, cuando después de tanta briega acabé observando no pocos ejemplares empestillados en sacar la mala leche de mis cervicales.

Tal vez parezca un tanto exagerado, como siempre, pero aún sigo conmovido por la pequeña concentración de escribanos en aquel arroyúzculo menor, que hasta la fecha jamás ha dejado de sorprenderme.

El lugar: itinerario ornitológico La Piruetanosa, en La Granjuela. Bien señalizado.

[Peluche de Escribano palustre
En venta por Grefa]

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Por la Sierra de las Nieves


La primera intentona resultó fallida. Llovió con rabia y la reuma no llegó a más por mor de un poncho barato, pero útil. Tan sólo nos llevamos en la retina el pinsapo de Las Escaleretas, que ni siquiera pudo ser guardado en el retrato de rigor.

Pero al siguiente día, todo cambió. San Pedro dejó de llorar, y el empapante suelo y la porosidad de las calizas hicieron del agua sólo un recuerdo reciente. El vientecillo gélido no era excusa alguna para dejar de encaramarse al Torrecilla, que a sus 1919 metros de altitud nos permitió estar más cerca de la Divinidad. Aunque ésta no apareció, como siempre.

[Foto: Juan de la Cruz]
 Atentos, una vez más, a la cima de los pinsapos, no estábamos dispuestos a dejar pasar la oportunidad de llevarnos palante a esos pájaros de retorcido pico instalados en el lugar. La subida por la Cañada del Cuerno resultó, en una nueva ocasión, un absoluto fiasco. Los pedregales del reino de los quejigos alpestres tampoco nos dieron la satisfacción que significa, supongo, toparse de bruces con el fantasmagórico roquero rojo. Sólo el acentor alpino salvó la honra pajaril local, justo en el culmen del macizo de piedras. Allí se ha instalado siempre atento a las migajas abandonadas inconscientemente por los montañeros que se agrupan por doquier en la atalaya malacitana.

El regreso hasta el refugio de cuatro ruedas se hizo, como siempre, a costa de la salud de las crujientes rótulas que, con frecuencia, recuerdan al caminante su necesitada existencia. Un descenso en picado que amenazaba con la conclusión de un nuevo fracaso ornitológico. Pero no fue así, por fin un par de piquituertas en descarada pose colocaron un dorado broche a una caminata memorable.


PD. Qué suerte contar con amigos y compañeros con tanto conocimiento pajarero. Más de uno me ha recordado mi incultura pajaril al pretender ver el roquero rojo ahora, justo cuando están "descansando" en Arabia Saudí, Tanzania, Kenia, Etiopía... Podría decir que ya lo sabía y os estaba poniendo a prueba, o que los relatos literarios son una ficción, y por tanto, en ellos todo cabe, pero no colaría... o tal vez sí.
Gracias en cualquier caso.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Turismo antropológico

Carly era un autillo al que le gustaba mucho viajar. La crisis también aquejaba al mundo alado y llevaba varios meses en paro junto con no pocos congéneres nocturnos y diurnos. El ocio obligado es nefasto para la psique. Estaba harto de ser objeto de las miradas fotográficas de aficionados al teleobjetivo, y de haberse convertido en el centro de atención del turista ornitológico. Así que una noche en la que no atizaba a trincar bocado alguno, no hacía más que darle vueltas a la idea de abandonar el terruño para buscarse la vida en otros lugares. Sus padres y abuelos le habían contado la recurrente historia de las migraciones que hacían cuando jóvenes, de aquí hasta África para pasar el invierno, y de vuelta, otra vez, para pringarse en la ardua tarea de la crianza.

En la somnolienta oscuridad de aquella noche vio la luz: por qué no llevar a otros pájaros a observar el mundo de los humanos. La mayoría de las aves tienen un pánico espantoso a tan particulares bichos de dos patas, pero Carly los conocía bien y sabía hasta donde podía llegar. No parecía difícil reunir a un grupo de emplumados turistas y guiarlos durante un fin de semana por la ciudad por un módico precio. Desde cualquier atalaya urbana se puede espiar a los hombres y mujeres que deambulan mecánicamente de un sitio a otro. Nadie iba a reparar en ellos. Carly sabía que los humanos caminan como autómatas, sin mirar nunca hacia arriba, obviando el paisaje de balcones, pérgolas y espadañas.

Había inventado el turismo antropológico.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

El idioma de los pájaros

Dibujo tomado de la web "Aves de Sierra Morena"

Como cada miércoles, Maikel acudía a su rincón, manteniendo siempre el mismo comportamiento protocolario. Su excesivo orden con frecuencia le llevaba al nerviosismo, de manera que cualquier imprevisto, por insignificante que fuera, hacía mella en su régimen autodisciplinario. Un sufrimiento tan barato como inútil, que pasó a convertirse en lujo el día que se animó, por fin, a ir a un terapeuta.

Incomprensiblemente aquel día se le olvidó poner a cargar el mp4, así que no pudo registrar ni un solo sonido. Hacía varios meses que había iniciado una nueva línea de investigación, con la que quería saber qué dicen los pájaros cuando cantan. Y como la Ley de Murphy es la que siempre se cumple, aquella tarde oyó un inédito reclamo que no pudo grabar.

Al alba del día siguiente ya estaba en su perturbadora silla, al acecho de aquel sonido generado por un cuerpo desconocido. Con paciencia todo se consigue, y él había demostrado tenerla. Así que a media mañana trincó al pajarillo emisor del flamante trino que, sin dificultad, pudo registrar en su mp4, esta vez sí, rebosante de energía.

Resultó ser un vil petirrojo, que desde finales de septiembre había tomado posesión de aquella parte del soto fluvial. Maikel lo vio, desde luego, en numerosas ocasiones; incluso pudo utilizarlo como experimento al reproducir con un altavoz su propio sonido. El territorial animalillo se iba desgañitar contestándose a sí mismo. Pobre bicho y pobre Maikel, que nunca llegó a ultimar sus pretensiones. Un sueño nunca realizado, otro más, el de incluir en el Google Traductor el idioma de los pájaros.

¿Alguien se atreve?

domingo, 25 de noviembre de 2012

La gorriona feliz


Elsa era un gorrión moruno con una marcada crisis de identidad, aunque ella no lo sabía. Era bien conocida por su ligereza de plumas; digamos que se había convertido en la cortesana de la colonia, enclavada exactamente en plena raya geográfica que divide el artificio extremeño y andaluz.

A simple vista, Elsa era una más de la poblada comunidad de gorriones que desde antaño se habían instalado en los fresnos más viejos y hermosos del río Zújar. Efectivamente, aquella colonia de morunos era la más numerosa del lugar, siempre a la gresca con los comúnmente conocidos como gorriones, atrincherados en la cortijada más próxima.

Las gorrionas de uno y otro lado tenían claro con quien ennoviarse. Elsa no. Le gustaban los más morenitos, pero también se excitaba con la palidez de sus parientes domésticos. Sus devaneos con unos y otros la colocaron en el punto de mira de sus competidoras. Era la más odiada de todas las de su género. No así por los barones, que además sabían que su conocida esterilidad les salvaba de tener que apechugar con la crianza de nuevos gurriatos.

Elsa era una pájara dichosa, siempre estaba acompañada de quien ella quería; su asumida frustrada maternidad la llevaba a jugar en sus ratos de descanso carnal con los más jóvenes. Sus rivales jamás le decían ni pío, pero ella ni siquiera reparaba en ello; su ignorancia le impedía siquiera pensar en que las demás le tuvieran manía.

La moruna se consideraba una gorriona feliz, y lo era, pero no por sus flirteos, como creía, sino por su ignorancia. Como todos.


Foto tomada de la web Enciclopedia virtual
de los vertebrados españoles

martes, 20 de noviembre de 2012

Ornitólogos con mala sombra


Erwan era un ornitólogo con clase, pertenecía a esa casta de camperos hechos a sí mismos que habían alcanzado el siempre difícil reconocimiento público. Y no era para menos. Se había convertido en el único naturalista del mundo capaz de censar aves contando las sombras de los pájaros. Cormoranes, cigüeñas, buitres, gaviotas… pero su especialidad siempre fueron las ardeidas. Sin prismáticos ni telescopio, con tan sólo una libretilla y un lápiz las más de las veces roído, era capaz de computar con exactitud distinguiendo entre los rastros penumbrosos a garcillas, martinetes y garzas.

La primera vez que publicó tan particular metodología de censo tuvo que aguantar ignominias, comentarios burlescos y toda suerte de insultos, apelando a una neurosis incurable del susodicho. Erwan se había preparado anímicamente para ello, sabía con quien se jugaba los cuartos, así que volvió a insistir, esta vez retando a censadores oficiales, avezados científicos, sobrados ornitólogos y al mismísimo presidente de la sociedad ornitológica del país.

- Estoy encantado de acompañar a quien lo desee. Censaremos las garzas de cualquier lugar, colonias grandes, pequeñas o medianas. A gusto del retador.

Con exactitud milimétrica, los resultados asombraron a los más agnósticos en la cuestión, que de esta forma validaron y rendieron pleitesía a la nueva leyenda de la ornitología patria. Erwan, de marcado humor tarantinoide y montypythoniano de pro, gustaba de asistir a los congresos internacionales de pajareros. Allí se sentaba en un apartado rincón desde el que, aparentemente abstraído, observaba las penumbras de los asistentes. En pocos minutos advirtió lo que siempre había intuido: había personas con mala sombra y no pocas sin sombra, incluidas algunas de admitido prestigio.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

El de la cola roja


Nuestra ciudad se está volviendo en las últimas semanas un poquito más roja. Afortunadamente, añado. Un paseo en condiciones, y no con la abstracción visual a la que estamos acostumbrados cuando nos desplazamos intracity, aliñado con cierta motivación a la observación, nos descubrirá, sin duda, a los otros. Y no hablo de fantasmagóricos espectros sino de conciudadanos de orgullosa pluma.

No todo son palomas, las más de las veces repudiadas por el gentío. Estas ratas con alas, como he llegado a oír y leer, conviven con cada vez más gente de su calaña. A los cernícalos, grajillas, gorriones, vencejos y aviones, hay que unir ahora a los colirrojos tizones, que empiezan a visitarnos allá por el mes de octubre. Parece que se van quedando cada vez más entre nosotros para pasar los meses más gélidos. Así que no es de extrañar ver en los roquedos eclesiásticos a estos inquietantes pajarillos, con su inconfundible tic nervioso en el pataje.

Colirrojos y colirrojas (que no se diga) alegran nuestros paseos por la urbe, lástima que al común de la muchedumbre pasen desapercibidos unos y otras. No saben lo que se pierden.

domingo, 21 de octubre de 2012

De roqueros y treparriscos


Ya corroboré en su día que el intreparriscos no existe. Mis pesquisas me llevaron a pensar que se trata de una conspiración fraguada en altos círculos pajariles, de manera que de forma totalmente consciente nos han hecho creer en la existencia de este animalillo, mitad pájaro, mitad lepidóptero.

Amigos míos de gran solvencia humana y pajarera testimonian su observación, incluso con la mano posada en la Svensson… y eso son ya palabras mayores. A pesar de ello, me juego el dedo chico de la mano de mi vecino, que en realidad han observado mariposas rupícolas, que también las hay. Los pobres han caído en la gran estafa ideada por alguna mente brillante en cierto momento de lucidez, tal vez visionando el capítulo semanal de Fringe.

Ahora quiero avanzar aquí un nuevo fenómeno Paranolmal Activity: el roquero rojo tampoco existe. Bien bonito lo dibujan en las guías, sí señor, y qué decir de los registros que hay en forma de imágenes, fruto de un magnífico trabajo de Photoshop. No es difícil crear uno de estos bichos a partir de una foto cualquiera de roquero solitario, puedo enseñar las herramientas apropiadas y demostrar que en menos de cinco minutos se pueden inventar roqueros con los colores que nos dé la gana.

Tan taxativa afirmación la baso en un trabajo concienzudo de prospección y pateo en zonas conocidas de Iberia donde el supuesto bicho está presente, la última Grazalema, hace unos días. No contemplo pensar en que lo que realmente sucede es que el observador presenta significativas carencias en sus dotes de birdwatching. No, esto no es planteable… creo.

Saludos de un observador-manta.


PD: ¿Alguien ha visto un roquero rojo por aquí cerquita? ¿En las Subbéticas, por ejemplo? ¿Dónde? ¿Cuándo?. Ofrezco recompensa en forma de gastronomía autóctona.

miércoles, 27 de junio de 2012

Los roqueros van al infierno


Sonaba de fondo los acordes de Barón Rojo “Todos los roqueros van al infierno”, y ellos, como todos los días, estaban allí, acoplados, en el mismo lugar de siempre. No se cansaban. El rock nunca podrá ser una rutina, comentaba uno. El otro, criatura de pocas palabras, asentía con la cabeza.

“Se hace comentar a las gentes del lugar, los roqueros no son buenos…”, decía la canción, oída por enésima vez. Y allí los dos con los ojos abstraídos, mirando pero no viendo. Callados. Mejor cerrar el pico que decir tonterías ¿no?.

Tiene cojones –por fin arrancó el más orador-, algunas letras de canciones se empeñan en machacarnos mientras la mayoría pulula por ahí con su aureola de pijerío barato, el sustituto de pachuli a cuestas y disfrazados de fofito.

A mí me la sopla, respondía el compañero no sin esfuerzo. Ca uno es ca uno con sus caunás.

La mañana se prometía insípida, como otras tantas, hasta que algo inaudito sucedió. Como una aparición mariánica, surgió casi de la nada una nueva alma desconocida en el lugar. Su aspecto parecía algo provocador, el azul negruzco de la espalda contrastaba con una vestimenta completamente roja, ciertamente llamativa.

- Y tú ¿de dónde has salido?
- Soy un roquero rojo ¿sabes?
- Ah, comunista. Mi colega y yo pasamos de la política como de la mierda, así que tú sabrás qué pintas aquí.
- No, no es eso.
- Entonces a qué viene la vacilada, bolchevique de los cojones.
- Te digo que no tiene nada que ver con ideales ni nada por el estilo. Que soy un roquero rojo, digo, sólo eso. ¿Y vosotros?
- Nosotros ¿no lo ves?, que pareces un pardillo. Nosotros somos un par de solitarios.
- Vale. Bye.
- Agur

viernes, 22 de junio de 2012

Y una polla...


¡¡Una pollaaaa!!, gritó el experimentado monitor, al tiempo que los padres acogían en su regazo a los más pequeños; asustados, aquellos, desconcertados, éstos. Al segundo, el instructor de pájaros se dio cuenta de la brutalidad en la que estaban pensando sus clientes. De inmediato procedió a dar una explicación satisfactoria.

- Gallinula chloropus es el nombre científico de la polla de agua, denominada también gallineta común, aunque en otros sitios la llaman  gallareta y otros nombres más raros. Los ornitólogos, personas que se dedican a observar y estudiar las aves, la conocen como yo les he dicho al principio, no obstante hay que reconocer la obscenidad del nombre.

Los padres lograron esbozar una sonrisa con la que tímidamente perdonaron la supuesta blasfemia al monitor, aunque los más conservadores perjuraron allí mismo no volver a verle el careto al chavalín de prismáticos en cuello.

Todos hemos pasado alguna vez por esta situación, las más de las veces jocosa, aunque otras, pocas, un tanto fatigosa. Y es que el nombre tradicional de la polla de agua constituye por sí mismo un elemento de interés (recurso) en la tarea del monitoraje, por ese doble sentido procaz que hace que al final los aprendices de pájaros reconozcan en cualquier visita guiada al menos una especie.

miércoles, 30 de mayo de 2012

El camachuelo trompetero

Ya sucedió con el treparriscos el verano pasado; su enorme dosis de vergüenza a la pose le valió para ganarse el apodo de intreparriscos, animalúzculo al que todavía estoy esperando que se cruce en mi camino. Y no es venganza, no.

El camachuelo trompetero ha hecho lo mismo. Uno se ha informado y disciplinado lo suficiente como para no tener demasiados problemas en darse de bruces con él. Pero no ha sido así. Ha preferido el anonimato o tal vez ha preferido seguir jugando con uno más de los observadores que se afanan en registrar tan curioso animal en sus cuadernos de campo.

Me quedé con las ganas, pues, de escuchar tan particular trompeta, uno de los sonidos inconfundibles de nuestra ornitofauna. Según estudios recientes este fringílido está en cierta expansión en nuestro país, avanza al compás del cambio climático. Será, pues, uno de los pocos seres a los que les venga bien tamaño desatino.

Se sabe que llegó a Almería en los años sesenta, aunque en Canarias ya llevaba asentado desde hace miles de años; y se va viendo también en Granada, Murcia y Alicante, siempre en lugares desérticos, estepas con escasa vegetación, y a ser posible con afloramientos rocosos. Allí permanecen invisibles, por su críptico plumaje y por su poca actividad, rota la más de las veces por la necesidad imperiosa de acudir a algún abrevadero. O sea que verlo, lo que se dice verlo, no es precisamente fácil.

Ya decía yo.

jueves, 17 de mayo de 2012

El Pegolete llega a las 10.000 visitas


Aquella noche el salón de actos estaba a punto de reventar. Tamaño edificio no había conocido tanto pisoteo al mismo tiempo, salvo aquel día que dieron migas y cerveza gratis en la explanada de la entrada. Fue una jornada que quedará en los anales del local. Los esfínteres en proceso de explotación urgían la llamada de un lugar apacible donde relajarse, y si bien algunos, los más guarros, no tuvieron sino la feliz ocurrencia de verter aguas en pleno césped donde juegan a diario las fierecillas de dos patas, los más, emplearon los váteres de aquel edificio de convivencia. Sí señor, una verdadera lección de civismo colectivo si no fuera porque la mayoría de usuarios apenas atinaba al apuntar a tan generosa y ovoide diana inferior.

El público estaba impaciente, con la mirada puesta en la puerta de entrada; los cuellos, del revés, estaban empezando a notar conatos de esclerosis cuando, de repente, apareció él. Llevaba una de esas camisetas de colores sacados de un pantonario, pantalón corto bien combinado con él mismo y unas zapas a mitad de camino entre botas y sandalias. Cualquier madre con gusto de madre hubiera renegado en ese momento de lo que hasta entonces había sido su hijo.

Fue una entrada modesta y ciertamente incómoda para su pituitaria. El aire acondicionado no funcionaba desde que tuvieron que recortar gastos y allí no había cristo que aguantara, si no fuera por la sorpresa que todo el mundo aguardaba con nerviosismo. En realidad estaban allí por eso, el acto era lo de menos, porque a decir verdad nadie conocía al prota, salvo su hermano pequeño y algunos allegados, pocos, que estaban impacientes porque acabara aquello de una vez.

Una semana antes había corrido por facebook, twiter, correo electrónico y los blogs locales, que en el día señalado, a la hora fijada y en el lugar determinado, se iba a departir de balde sobre las claves para una vida mejor. Los más pragmáticos pronto interpretaron que iban a regalar camisetas del Real Madrid ¿acaso no se es más feliz vistiendo una camiseta galáctica?. Otros cargaron con sus barras de incienso para ambientar un acontecimiento que se preveía lleno de simbolismo y de paz interior. Los más viejos, como siempre, se llevaron bolsas del Piedra a la espera de llenarla con patatas, naranjas o botellitas de aceite.

Así se entiende la expectación tumultuaria que se levantó en aquel modesto salón de actos, acondicionado, en su máxima aspiración, para acoger la actuación del grupo de teatro de la tercera edad del barrio. La decepción fue máxima y los destrozos supinos.

El evento en cuestión tan sólo pretendía juntar a un grupo de amiguetes para celebrar nada menos que las 10.000 visitas de un blog local. Cada uno de los energúmenos que acabaron con la decoración y las incómodas butacas del Ikea debieron aprender la lección: hay que leer bien la información pero, sobre todo, que las expectativas se las crea un solito.

Ya sabes.


PD. Gracias, visitante, gracias, “visitanta”, por estar ahí detrás de ese cuadrilátero cegador que a veces nos quita el tiempo que le pertenece al aire libre. Y si, efectivamente, este microrelato es una ficción muy propia de un blog que, como éste, está repleto de pegoletes.

lunes, 30 de abril de 2012

El escribano hortelano y los tres mosqueteros


Llevaban varios días advirtiéndolo, aquel fin de semana prometía una generosidad robada al líquido elemento durante toda la primavera. Y al fin acertaron. Un amanecer húmedo que en absoluto nos hurtó la ilusión, que nos dirigía, esta vez, a nuestro meridional destino provinciano. El empeño compartido por conocer más y mejor las carracas cordobesas nos llevó a tierras de campiña, donde el río Guadajoz marca la diferencia. Allí, Athos Floren, Porthos David y Aramis Leiva nos dispusimos a plantarle cara a la plúmbea atmósfera, que nos la tenía jurada.

El céfiro no demasiado apacible y las gotitas que dulcemente se dejaban caer por aquellos campos, parecían domesticar a la comunidad de plumíferos que, en contra de las previsiones, no quiso pasar desaparecibida. Los fringílidos y alaudidos estaban donde tenían que estar, y las aves de presa propias de aquellos campos no dudaron en ningún momento en hacerse visibles.

Tal vez una primavera un tanto alocada explica los frecuentes y nada despreciables bandos de terreras comunes y lavanderas boyeras, como también el siempre feliz hallazgo de tarabillas norteñas y bisbitas campestres. Pero fue en las huertas de la Ucubi romana, localidad natal de los ancestros familiares del emperador Marco Aurelio, donde todo sucedió. Arrastrando los enfangados neumáticos de la máquina expendedora de humo que nos proporcionaba refugio y calor, nos topamos con ellos. El futuro estaba escrito.

Fue ese día y no otro cuando el destino quiso que los tres birdwatchers se enfrentaran por primera vez en sus vidas a la presencia inconfundible del escribano hortelano. Un par de dos, macho y hembra para más gozo, comiendo casi ajenos a la presencia de tres absortos ejemplares de esa subespecie humana que se caracteriza por incorporar unos prismáticos al cuello. Dos hortelanos, dos, como los toros, disputando diminutas semillas con las terreras, que ese día quisieron dominar la jornada. Dos escribanos que no quisieron separarse más de diez metros, tal vez adivinando nuestros amistosos fines.

Y ante aquellos pajarillos de mojadas plumas, el recuerdo canalla de la última cena de François Miterrand, cuando ocho días antes de su muerte, el ex presidente francés engullió dos escribanos hortelanos a cara de perro. Aquel 31 de diciembre de 1995 reunió por última vez a un grupo de amigos para su despedida, y para ello seleccionó los mejores platos de la cocina nacional gabacha: ostras de Marennes, foie gras de las Landas, capón asado y escribano hortelano.

La tradición de los furtivos galos incluye la captura con red de estas aves. Las enjaulan y ceban como ocas, engordándolas sobremanera. Después sumergen al pájaro en un vaso de armañac o coñac, ahogándolo, para de esta manera dotar a su carne de un peculiar sabor. A continuación lo despluman y asan al horno, presentándolo crujiente dentro de una patata asada.

Los macabros pensamientos de tan refinada cultura contrastaban con aquella visión única. Y así, como los tres mosqueteros, hubiéramos querido siquiera arañar los cuellos de tan distinguidos comensales para hacer justicia a los miles de infelices escribanos que a lo largo de la historia han sido sacrificados para dar gusto, nunca mejor dicho, al selecto paladar francés.

La jornada mereció, y mucho, la pena, a pesar de la privación de carracas y del intento del suelo campiñés por dejarnos incorporados a él por varias horas. No se salió con la suya… aunque por poco.

Dibujo: pajaricos.es

martes, 24 de abril de 2012

¿Dónde vas gorrión?

Hasta los gorriones nos abandonan. No es novedosa la noticia de la desaparición progresiva del gorrión común en nuestro país, pero no por ello hay que olvidarla. En los primeros años de la década de 2000, ornitólogos de varios países europeos habían constatado unos descensos poblaciones graves, llegando a certificar su práctica desaparición en varias capitales del viejo continente, como Londres o Praga, y problemas muy graves en Dublín, Edimburgo y Dublín. 

La SEO ya constató en la Comunidad de Madrid una disminución de 14.000 gorriones al año, y la RSPB nada menos que cinco millones de parejas en los últimos 30 años.


(Dibujo tomado de internet. Desconozco al autor,
a pesar de lo cual le doy las gracias)

Causas inequívocas no existen aunque sí se han apuntado varios factores que en conjunto pueden explicar tan llamativa situación. Los nuevos modelos de jardinería y de edificación, la fuerte competencia con las palomas, la escasez de insectos, la despoblación rural, el cambio climático y la contaminación electromagnética producida por las antenas de telefonía móvil son, entre otras, algunas de las que se han anotado por diversos ornitólogos.

De todo esto se desprende la advertencia de la rapidez en los procesos de extinción, por el momento local, de las especies, incluyendo las más abundantes como es la que aquí nos ocupa. Por otra parte, sirva este ejemplo como bioindicador de la mala salud del ambiente en el que vivimos en teórica armonía con los gorriones.

Habrá que estar atentos a este tema y no despreciar nunca una observación de gorriones porque puede ser que mañana se convierta en un lujo. Estaremos acabados cuando tengamos que organizar una campaña de protección y conservación de Passer domesticus.

Espero no verlo nunca.

lunes, 9 de abril de 2012

El señor Rui

Como cada tarde, a la vuelta del trabajo paso irremediablemente por el puente de San Rafael, y allí es imposible evitar sacar el pescuezo por la barandilla cementada para ver y oír. Aunque de esto último poco porque el tráfico, que a esas horas está igual de imposible que en otras, domina el paisaje sonoro. Pero hoy he asistido a un duelo insólito que me lleva a escribir estas líneas. 

Mientras el estrepitoso y llamativo sonido de una ambulancia, que curiosamente divagaba como si no tuviera prisa, destrozaba lo poco que me queda de oído, abajo, a pie de orilla, un ruiseñor común cantaba desafiante.

El combate estaba servido. Arriba, la nerviosa sirena, abajo, algo más de 16 centímetros de carne chillando desconsoladamente a la búsqueda de compañía. Los dos tenían cuerda para rato, la primera aguantando hasta el sucumbir de la batería, y el segundo dispuesto a trinar día y noche defendiendo su efímero espacio vital. Los viandantes, como siempre, caminando ajenos al espectáculo de la naturaleza.

Por suerte, el sanatorio andante se abrió paso entre la marabunta de chatarra y me dejó, al fin, a solas con el ruiseñor, que junto al Guadalquivir se empeñaba en alegrarme la tarde. Al menos eso creo yo.

viernes, 30 de marzo de 2012

El espíritu de Marsellus Wallace

Hace poco me comentaba un amigo que estaban robando muchas bicicletas en Córdoba para venderlas en otras ciudades, y viceversa. Doy fe. El 27 me sisaron la mía. Llevaba 20 años con ella, así que para un amante de los velocípedos como yo, este hurto supone algo más que un dolor. Y no hablo precisamente de dinero.

Mi Amerbike estaba en peligro de extinción. Nunca llegué a ver otra igual, y no por su calidad o belleza. No sé qué voy a hacer si algún día la veo con un mamón encima. Si estuviéramos en América y estuviera más desequilibrado de lo que estoy, probablemente le metería un Magnun 44 por el sieso. Mi abogado alegaría defensa personal combinada con algún comportamiento esquizoide de esos que están catalogados y no estaría en la cárcel ni un fin de semana. Aunque depende del Estado, porque igual me podrían freír vivo, y más siendo hispano.

No es, desde luego, mi caso, aunque mi imaginación me lleva a determinadas secuencias de Pulp Fiction que prefiero no reproducir aquí para seguir proyectando una imagen de cordura. Espero al menos que también se la roben al ladrón, y al ladrón del ladrón, así, al menos, podrá disfrutarla mucha más gente, y de paso se joden un poco.

Atento, pues, amigo conductor; ya lo decía la sabia Perlita de Huelva. Si eres poseedor del sistema de transporte más ecológico jamás conocido, no olvides redoblar los esfuerzos en amarre y protección: candado del 15 y "caenón" de esos que van colgados al pescue de los Yeremi. 

Y que la suerte te acompañe. Mientras, yo seguiré soñando con Vicent Vega, Marsellus Wallace, el Señor Lobo y demás desequilibrados. Al menos consuela.

viernes, 16 de marzo de 2012

Coleccionable de literatura ornitológica



Los cuentecillos o relatúzculos que aparecen de vez en cuando serán, siempre que sea posible, caseramente maquetados en formato libro, y colgados aquí al lado en pdf para su libre difusión. Se inicia así una colección de literatura ornitológica, de carácter inédito al tiempo que paranoico, que tiende al infinito, en "volúmenes", digo.

Espero que te gusten.

miércoles, 14 de marzo de 2012

La calandria de no quería calandriar

Nació diferente. Fue el último en eclosionar de los seis huevos que tuvo su mamá. Aquel fue un año de lluvias frecuentes y solecito agradable, lo ideal para el crecimiento de plantas y de animalillos apetitosos para estos cantores de la estepa. Le llevó lo suyo romper la dura cáscara oval, tanto que su madre casi lo daba por perdido, pero en el último momento lo consiguió. Sus progenitores habían tomado la decisión de llevarse ese huevo muy lejos del nido, así que se puede decir que, a pesar de todo, nació con suerte.

El ambiente familiar en el que creció no resultó ser precisamente ideal, ni siquiera cómodo. Sus hermanos, siempre más fuertes y grandes que él, apenas le echaban cuentas; sólo se acordaban del pequeño cuando había que derivar la culpa de alguna trastada.

-¡Mamá, el chico que se ha comido mi lombriz!, le acusaba siempre el mayor de los seis. 

Por supuesto, siempre era mentira, a pesar de lo cual los padres acababan castigando al descendiente más canijo. Y lo hacían con lo que más le dolía: caminar por las llanuras para conocer al vecindario.

Así transcurrieron los cortos días de juventud hasta que no tuvo más remedio que emanciparse. En realidad estaba deseándolo, aunque con un pánico disimulado que en absoluto quería manifestar ante la cohorte familiar que le había tocado.

Al fin respiró aire fresco. La férrea educación de sus progenitores y la relación nada fraternal que había tenido en su primer año de existencia, marcó irremediablemente su vida. El contacto cada vez más frecuente con otras calandrias confirmó lo que venía experimentando de un tiempo a esta parte, se sentía diferente a las demás. 

La llamada de su primera primavera nunca le llegó. Desde lo alto de un poste de granito observaba cómo sus amigos de infancia levantaban el vuelo hasta una altura para él desconocida, al tiempo que cantaban con cierta provocación, en ocasiones correspondida por otras calandrias. Exagerados picados los combinaban con momentos de cernido, enseñando las oscuras y largas alas que dejan aparecer una fina línea blanca en el borde, muy atractiva. Esa forma tan particular de calandriar era el ritual heredado de sus antepasados, que conducía siempre a perpetuar el linaje que vivía las praderas esteparias.

A él le resultaba muy divertido, pero poco más. Confiaba en que su segunda primavera fuera al fin definitiva, pero tampoco cumplió con sus expectativas. No experimentó nada y ya empezó a sentirse molesto, sobre todo cuando el grupo de compañeros con los que había pasado el invierno comenzó a increparle. Ese fue el día en el que sospechó ser diferente al resto de las calandrias de las llanuras en las que vivía. Así que no tuvo una salida más digna que migrar de allí, irse sin rumbo conocido a la búsqueda de un lugar donde sus conespecíficos fueran más respetuosos y acogedores, también más iguales.

La vida le había estado dando la espalda inmerecidamente, pero por fin apareció su día. Todo el mundo tiene su momento y a él le había llegado. En un inmenso secarral lleno de pequeñas piedras y muchas ovejas se topó con una bandada de calandrias que tenían una forma de moverse muy parecida a la suya. 

Aún era invierno y con impaciencia ansiaba la llegada de la primavera. Quería ver dónde le conduciría su instinto, pero sobre todo esperaba ver el comportamiento de los demás miembros de su nuevo clan. Con el discurrir de los días, sin que el tedio hiciera su aparición, llegó su tercer marzo. Las calandrias vecinas no paraban de calandriar, con conspicuos cantos y vuelos que llevaban las parejitas a un reservado, donde muy cerca concluían sus roces con la construcción de un nido en pleno suelo. Sin embargo, su grupo permanecía ajeno a tanto trajín. 

Los pechos negros realzaban las bellas figuras de toda la banda, que sólo pretendía seguir con la diversión. Tan particulares ejemplares vivían en un asueto constante dentro de su pequeño paraíso, un calandrial donde las calandrias no querían calandriar.

jueves, 8 de marzo de 2012

De pajareo por la Serena

Si a cualquier persona ajena al mundo alado se le cuenta que en un secarral de libro, como es la Serena extremeña, se ven más pájaros por minuto que en una encinar de Sierra Morena, lo más probable es que no se lo crea, al tiempo que cuestionará tu formación ornitológica. Y hará bien. Así que lo mejor es invitarlo a dar un paseo, interpretado en el caso de que no esté muy ducho en pájaros de críptico plumaje, para desengañarse por sí mismo.

Meterse por cualquiera de los caminos que articulan la comarca pacense supone ir gastando, con alegría, el cuaderno de campo. Para eso es una ZEPA que, si no me equivoco, es la más grande de la piel de toro. Bien merecida distinción porque nunca defrauda al turista de prismáticos.

El otro día anoté en poco tiempo 45 especies, que no está nada mal. Junto con todas las esteparias clásicas, algunas acuáticas surgen de los charcos más inmundos, enriqueciendo las observaciones y generando un paisaje alado bastante curioso. Igual se ve un bando de calandrias volando sobre un zampullín chico, o un pelote de alondras coronadas por gaviotas reidoras.

Sin duda, un sitio para visitar.

jueves, 1 de marzo de 2012

Carraca europea, ave del año 2012

Acertada decisión, sí señor. Por fin se empieza a echarle cuentas en serio a uno de los pájaros más bellos de la ornitofauna ibérica. En mis correrías infantiles yo conocía a este animal como "carlanco", que es el nombre que le daba mi padre; y lo recuerdo como algo llamativo, diferente. Y no es para menos, el que haya visto alguna vez una carraca no la olvidará nunca. Junto con la oropéndola, el martín pescador y el abejaruco, conforman el póker de la belleza alada de nuestros campos.

Entre las muchas medidas que SEO va a poner en marcha durante este año, destaco la del censo popular del 15 de abril al 15 de mayo. Y sobre la marcha se me ocurre una propuesta  para el colectivo de ornitólogos de la provincia de Córdoba: tomarnos en serio esta actuación y plantearnos hacer una estima, lo mejor que podamos, de la población cordobesa de carraca. Nunca se ha hecho. Lo podría coordinar SEO-Córdoba, por ejemplo, y lanzarnos al campo durante ese mes a ver qué somos capaces de conseguir.

¿Nos animamos?

miércoles, 29 de febrero de 2012

Un mirlo en la ciudad

Aquel era un día de hielo y nieve. Tal vez por ello se encontraba muy desorientado. Así que para evitar la amenaza de la inminente congelación decidió volar en dirección que sea lo que dios quiera. Sorteó valles y montañas en tiempo récord. Pero la temperatura seguía bajando varios grados bajo cero. Nunca había conocido tanta gelidez con tan premeditada traición.

Con el vuelo consiguió, por fin, entrar en calor al tiempo que pudo observar, algo más cerca del infinito, una ciudad. Entre el temor prudente y la curiosidad que le podía, decidió acercarse para ver de cerca el desconocido paisaje al que se enfrentaba. Voló por calles, edificios, jardines, chimeneas, coches, fábricas, hasta llegar a un pequeño río que parecía ajeno a tanta voracidad y locura.

Allí paró al fin a descansar. Era un buen momento para tratar de asimilar todo lo que había visto, lo que estaba viendo. En todo el viaje apenas se había cruzado con animal alguno, salvo en el lugar donde estaba ahora. En los árboles que crecían al amparo de aquel hilo de agua vivían aves por él conocidas: ruiseñores, mosquiteros, gorriones, carboneros y verdecillos. Ningún congénere a la vista. Es normal, pensó, no me imagino a ninguno de los míos soportando tanta estridencia.

Envalentonado y tal vez animado por el menor rigor del clima, decidió pasar allí algunos días. Hizo amistad con la mayoría de las formas aladas con las que convivía. El alimento era abundante y por el momento no había advertido la presencia de enemigo alguno. Paradójica situación, demasiada tranquilidad en un lugar inmerso en una plúmbea urbe.

Incluso se atrevió a indagar entre los jardines de la ciudad. Eso sí, amedrentado por coches y personas. Aquel día de excursión casi pierde la voz, su costumbre de chillar al apercibir la presencia de un posible peligro le llevó a estar todo el día vociferando. Además, para qué, ninguno de los suyos estaba allí para agradecérselo. Así que decidió cerrar el pico, de esta manera también podía pasar más inadvertido.

Desde ese día, el mirlo común convive entre nosotros. Algunos, los más valientes, siguieron sus pasos. Dejaron atrás el bosque y el matorral serrano para seguir los consejos del avezado ejemplar, tan agradecido y confiado que ya llega a compartir los frutos secos con los paseantes dominicales.

Dibujo: vertebradosibericos.org

lunes, 27 de febrero de 2012

Patos cucharas en los Sotos de la Albolafia

Bueno, bueno, este río nos sorprende cada día. Hablaba ayer, en dominical paseo, con un profano aviar  al que trataba de contarle algunas curiosidades de los pájaros que al unísono íbamos viendo. Él me preguntaba si después de tantos años no me cansaba de seguir mirando siempre los mismos sitios. Le respondí que uno de los encantos que tiene la observación de aves es precisamente la sorpresa, el no saber nunca qué te vas a encontrar. Al instante hilé una parrafada rememorando las gloriosas jornadas de los años ochenta, época en la que llegamos a catalogar hasta 120 especies, algunas de ellas anátidas: silbones, cucharas, cercetas, frisos…

Hacía tiempo que un servidor no veía un pato cuchara en los Sotos de la Albolafia, como también sucedía con el zampullín chico objeto de una entrada en este blog. Y precisamente hoy, lunes 27 de febrero, he visto un grupo de 12 individuos (5 machos y 7 hembras) moviéndose por la lámina de agua más extensa de los Sotos, desde el molino de Enmedio hasta casi el puente de San Rafael, lugar donde también campan los cormoranes. Allí han permanecido todo el día, al menos hasta que la oscuridad me ha impedido ya verlos.

Me llena de orgullo y satisfacción, como diría su Majestad, comprobar que tan peculiares patos todavía se dignan a visitar este trozo de naturaleza urbana. Agradecido quedo por su cortesía.

Foto: Juan Aragonés

sábado, 25 de febrero de 2012

Mosquiteros, la microbiomasa del Guadalquivir

En invierno se cumple siempre la fórmula matemática: arboleda + río = mosquitero común. Estos incansables pájaros, después de recorrer chorrocientos kilómetros, se instalan por estas latitudes para pasar la época fría entre nosotros. El río Guadalquivir es, por estas fechas, una escuela de mosquiteros.

La vegetación que ha invadido el meandro de Martos se ha convertido en un verdadero mosquiteral. Estos bregadores de pequeño tamaño se erigen en los dominantes de las observaciones ornitológicas que se registran en una jornada de pajareo. No es que lleguen al hartazgo, pero casi, y claro, no hay que desdeñar nunca una observación no vaya a ser que cuele un pájaro moscón, un pechiazul o cualquiera de esos pájaros invisibles ligados a lo palustre.

El año pasado, sin ir más lejos trincamos allí, cerca del molino, una buscarla pintoja, así que cualquier otra sorpresa puede aparecer cuando menos lo esperas. Tan sólo se trata de paciencia, mucha suerte, buen oído, y por supuesto un arte fuera de lo común para identificar en un milisegundo la súbita aparición de cualquiera de este tipo de pájaros: zarceros, mosquiteros, carriceros, buscarlas, carricerines…

viernes, 24 de febrero de 2012

Nutrias y teleras

Me lo habían dicho y no me lo podía creer, pero ayer por la tarde lo pude comprobar por mí mismo. La gente se concentra por las tardes donde estaba el hombre río para echarle de comer pan a las nutrias. Barras, vienas y teleras vuelan hasta caer en el agua, ¡plaff!, para de inmediato aparecer carpas del tamaño de un Land Rover que, como cada tarde, acuden a tomarse su ración diaria de gluten. Así están.

¿Quién tiene más curiosidad, las nutrias o los paseantes?. Aquellas, con inusual descaro, posan en la orilla y miran al personal, atentas, esquivando las teleras, no vayan a acabar en un centro de recuperación, descalabradas. Por su parte, los viandantes, la mayoría chandalseados, se esfuerzan en sacar espectaculares imágenes de los mustélidos con el móvil. Alguno terminará en el río.

¿Acabarán también comiendo móviles?


Pájaros empadronados

Me escribió el otro día mi amigo Curro muy preocupado. Llevaba varios días sin dormir porque no alcanzaba a comprender qué está pasando con los pájaros: posaderos de garcillas en farolas, lavanderas blancas durmiendo en cualquier jardín, andarríos como gorriones, gaviotas que te quitan el bocadillo, cárabos que comparten con nosotros el césped, abubillas que no quieren migrar… Y es cierto, los pájaros se están humanizando poco a poco, no sé si por la actitud humana, cada vez menos cafre, o por una adaptación alimenticia y comportamental que es ventajosa para su supervivencia. Más bien será lo segundo.

Recuerdo que en mis comienzos naturalistas era prácticamente imposible ver un mirlo común en la ciudad. De hecho, aún recuerdo el primero que vi. Fue en el Parque María Luisa, Sevilla, y me faltó poco para redactar una nota breve y publicarla. De inmediato me di cuenta de tamaña tontería porque los mirlos habían tomado la ciudad hispalense. Al poco tiempo hicieron lo propio con la nuestra. Hoy día convivimos con estos túrdidos, como si fuera habitual, pero nunca lo ha sido. En eso hemos ganado.

En el parquezúzculo que hay al lado de mi casa veo verderones, verdecillos, carboneros, jilgueros, herrerillos, mitos, colirrojos, mosquiteros, currucas, lavanderas, buitrones, estorninos… pequeñas alegrías para una ciudad que continúa ciega a los otros habitantes.

Hará que estar muy pendientes a estos cambios en el comportamiento de las aves, registrarlos y comunicarlos a la comunidad ornitológica. Estamos en una época de cambios, y la visión optimista de la vida nos dice que éstos son siempre buenos. Al menos, los pájaros, con su nueva actitud más cercana, nos alegran la vida un poco más. Bienvenidos, pues.


martes, 21 de febrero de 2012

De avutardas y avutardos

¡Eh!
¿Qué?
¡Allí!
¿Dónde?
¡Mira!
¿Qué es?
¿El qué?
Aquello
¡Avutardas!
¡Anda ya!
Que siii
¡Son sisones!
¿El qué?
¡Sisones!
¡Agárrame…!
Gracioso…
Hay 15
¿Sisones?
No, avutardas
No las veo
Allí arriba
Ah, ya
Machos
No, no
Que si
Son hembras
Machos, como yo
Menos lobos
Claro, tú…
Tú, qué
En fin…
No, ¡habla!
Dejémoslo
Cobarde
¿Yo?
No, el macho
Anda, calla
Aquel macho
¿Cuál?
El primero
Es verdad
Se va
Ha perdido
¿El qué?
La pelea
¿Con quién?
Con otros
Como tú
No empieces
¿Es que te vas?
Jamás
Pues yo si
Normal
Adiós
¡Espera!
Venga, sube
Gracias
De nada
¿Amigos?
Bueno
¿Un beso?
Vale