De qué va esto

cuentos de pájaros


jueves, 20 de diciembre de 2012

Avefrías 1, Chorlitos 0


La tradicional excursión grullera por tierras altoguadiateñas no ha decepcionado este año tampoco. Los pelotes de grullas y no pocos grupos familiares se reparten por las simplificadas dehesas y cultivos convertidos en trampas cenagosas. Todo el mundo estaba donde tenía que estar, sisones, avutardas, aguiluchos pálidos, elanios, cogujadas. Desproporcionados bandos de alondras, calandrias y fringílidos imprimen al paisaje una sensación de movimiento, que rompe la atonía del verde panorama, quebrado, en ocasiones, por el discurrir de los tractores.

Los bandos de avefrías nunca pasan inadvertidos, la alba negrura de su plumaje parece salido de un estudio de diseño gráfico, con un remate final encrestado que acaso estiliza su boceto cefálico. A uno le da la sensación de ser éste un invierno copioso en estos pájaros del frío, percepción tal vez errónea cuando se contrasta con la de otros conespecíficos, bastante mejor documentados y excelentes conocedores del mundo alado. Será así, pero en una nueva ocasión invito al paseante con inquietud aviar a que visite la zona y se manifieste.

Sí se constata que la biomasa alada local está descompensada, la mayor profusión de avefrías se contrarresta con la nula existencia de chorlitos dorados. O no hay, o no los miro bien, o no los veo, que todo puede ser. En cualquier caso, tal hallazgo sí contrasta afirmativamente con lo que han apreciado otros colegas, con observaciones y registros hueros de Pluvialis.

El frío aún no se ha dejado caer por estas tierras, y ello puede aportar una explicación satisfactoria a tal eventualidad, pero el resto de pájaros amantes de lo gélido llevan no pocos días pululando por el lugar. Me falta mundo y conocimiento para confirmar tal circunstancia, pero todo parece indicar que me voy a quedar con las ganas. Otra vez será.


[Dibujo de Gonzalo Gil, tomado de
su blog arteinatura.blogspot.com.es

lunes, 17 de diciembre de 2012

Escribanos palustres en el Alto Guadiato


Floren’s family ya me lo adelantó: hay escribanos palustres en el Alto Guadiato. Varios compañeros han seguido sus pasos y han vuelto a ver a estas estelas de los humedales. Así que mi orgullo de pajarero con cierta veteranía (no lo digo yo, lo dice mi dni), me llevó hasta el lugar exacto de las observaciones.

La primera vez que vi a tan escasísimo animal fue en Daimiel, no hace demasiado tiempo, así que no tiene ningún mérito porque allí se encuentra tal vez la mejor población patria de palustres. Aunque también es el lugar ideal para ver al bigotudo (que para eso fui básicamente) y regresé sonándome los mocos. Aún continúo con el mismo pañuelo.

Después de ese día, mis encuentros con el repicatalons, como le dicen en Cataluña, han sido tan efímeros como inexistentes... hasta la semana pasada, que cayó por fin, ante las ávidas lentes de mis Nikon. En sendas jornadas de campo fueron cazados por mis amarronadas retinas, que a punto estuvieron de sufrir el síndrome marujitadíaz ante tanto tropel de escribanos y escribanas, arroyo arriba, arroyo abajo. Mi empeño inicial por localizar al bicho terminó casi obviándolo, cuando después de tanta briega acabé observando no pocos ejemplares empestillados en sacar la mala leche de mis cervicales.

Tal vez parezca un tanto exagerado, como siempre, pero aún sigo conmovido por la pequeña concentración de escribanos en aquel arroyúzculo menor, que hasta la fecha jamás ha dejado de sorprenderme.

El lugar: itinerario ornitológico La Piruetanosa, en La Granjuela. Bien señalizado.

[Peluche de Escribano palustre
En venta por Grefa]

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Por la Sierra de las Nieves


La primera intentona resultó fallida. Llovió con rabia y la reuma no llegó a más por mor de un poncho barato, pero útil. Tan sólo nos llevamos en la retina el pinsapo de Las Escaleretas, que ni siquiera pudo ser guardado en el retrato de rigor.

Pero al siguiente día, todo cambió. San Pedro dejó de llorar, y el empapante suelo y la porosidad de las calizas hicieron del agua sólo un recuerdo reciente. El vientecillo gélido no era excusa alguna para dejar de encaramarse al Torrecilla, que a sus 1919 metros de altitud nos permitió estar más cerca de la Divinidad. Aunque ésta no apareció, como siempre.

[Foto: Juan de la Cruz]
 Atentos, una vez más, a la cima de los pinsapos, no estábamos dispuestos a dejar pasar la oportunidad de llevarnos palante a esos pájaros de retorcido pico instalados en el lugar. La subida por la Cañada del Cuerno resultó, en una nueva ocasión, un absoluto fiasco. Los pedregales del reino de los quejigos alpestres tampoco nos dieron la satisfacción que significa, supongo, toparse de bruces con el fantasmagórico roquero rojo. Sólo el acentor alpino salvó la honra pajaril local, justo en el culmen del macizo de piedras. Allí se ha instalado siempre atento a las migajas abandonadas inconscientemente por los montañeros que se agrupan por doquier en la atalaya malacitana.

El regreso hasta el refugio de cuatro ruedas se hizo, como siempre, a costa de la salud de las crujientes rótulas que, con frecuencia, recuerdan al caminante su necesitada existencia. Un descenso en picado que amenazaba con la conclusión de un nuevo fracaso ornitológico. Pero no fue así, por fin un par de piquituertas en descarada pose colocaron un dorado broche a una caminata memorable.


PD. Qué suerte contar con amigos y compañeros con tanto conocimiento pajarero. Más de uno me ha recordado mi incultura pajaril al pretender ver el roquero rojo ahora, justo cuando están "descansando" en Arabia Saudí, Tanzania, Kenia, Etiopía... Podría decir que ya lo sabía y os estaba poniendo a prueba, o que los relatos literarios son una ficción, y por tanto, en ellos todo cabe, pero no colaría... o tal vez sí.
Gracias en cualquier caso.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Turismo antropológico

Carly era un autillo al que le gustaba mucho viajar. La crisis también aquejaba al mundo alado y llevaba varios meses en paro junto con no pocos congéneres nocturnos y diurnos. El ocio obligado es nefasto para la psique. Estaba harto de ser objeto de las miradas fotográficas de aficionados al teleobjetivo, y de haberse convertido en el centro de atención del turista ornitológico. Así que una noche en la que no atizaba a trincar bocado alguno, no hacía más que darle vueltas a la idea de abandonar el terruño para buscarse la vida en otros lugares. Sus padres y abuelos le habían contado la recurrente historia de las migraciones que hacían cuando jóvenes, de aquí hasta África para pasar el invierno, y de vuelta, otra vez, para pringarse en la ardua tarea de la crianza.

En la somnolienta oscuridad de aquella noche vio la luz: por qué no llevar a otros pájaros a observar el mundo de los humanos. La mayoría de las aves tienen un pánico espantoso a tan particulares bichos de dos patas, pero Carly los conocía bien y sabía hasta donde podía llegar. No parecía difícil reunir a un grupo de emplumados turistas y guiarlos durante un fin de semana por la ciudad por un módico precio. Desde cualquier atalaya urbana se puede espiar a los hombres y mujeres que deambulan mecánicamente de un sitio a otro. Nadie iba a reparar en ellos. Carly sabía que los humanos caminan como autómatas, sin mirar nunca hacia arriba, obviando el paisaje de balcones, pérgolas y espadañas.

Había inventado el turismo antropológico.