Una salamanquesa feliz



Wesley nació salamanquesa. A ver, qué le vamos a hacer, uno no tiene elección. Su madre eligió ese nombre por su particular pasión por lo british, aunque la criatura nació en el barrio de Cañero. Su infancia no fue nada fácil, con frecuencia se caía de la pared en la que una farola conseguía concentrar a miles de mosquitos y bichos afines. En el suelo las pasó canutas, sorteando las intentonas de los gatos del lugar por comérselo y los conatos de aplastamiento por suelas humanas. Alguna que otra vez las lechuzas y los autillos probaron suerte con él, pero Wesley siempre resultó maravillosamente ileso.

Así que en el mundo de las tarentolas, nuestro querido amigo es conocido por su buena suerte. Sus padres siempre cuentan aquel día en que su hijo volvió a caerse cuando jugaba con una amiga, tropezó con una imperfección de la pared y cayó directo a un tubo de espumosa cerveza recién servida. Cuando el propietario de la cebada líquida se dio cuenta, lanzó con horror el vidrio, que cayó a escasos milímetros de la cabeza de un infante que se hallaba por allí justamente matando salamanquesas con un tiragrapas.

Durante la consecuente bronca entre el padre del niño y el bebedor de cerveza, acusado de homicidio involuntario, Wesley salió literalmente a rastras con los efectos del alcohol muy marcados. No podía coordinar sus cuatro patas y la lengua se le caía, así que se hinchó de chupar suelo y pared. Durante varios días no pudo gobernar la sinhueso, llena de chinos y colillas.

Desde aquel día, Wesley se aficionó a la cerveza. Abandonó su trozo de pared, su farola, su familia y sus amigos. Hasta hace poco podíamos verlo de bar en bar, buscando una oportunidad. Penoso. Hace unos días, dejó de reptar.

Descanse en paz.
 
[foto tomada de www.miradasdecolores.com]