De qué va esto

cuentos de pájaros


jueves, 26 de septiembre de 2013

La estirpe de la cogujada

Trató de esquivar al camión, pero falleció al instante. Esta vez no pudo ser. Lérida tenía ya un año y medio, y en su vida jamás había conocido otro lugar. Aquel trozo de autovía lo fue todo para ella. La osadía de sus padres le llevó a nacer en una insólita mediana, protegida por achispadas adelfas y siempre amenizada por el rugir bárbaro de los motores. Aquel era, probablemente, el sitio más desagradable para nacer.

Pero Lérida era feliz allí, sí, tal vez porque no tenía mundo corrido, o por la excelente relación que siempre tuvo con sus amigos de asfalto. Los gorriones la ayudaban cuando lo necesitaba y los erizos, bueno, a los erizos nunca le daba tiempo a conocerlos.

Un día le llegó, casi a traición, el revuelo hormonal que provee la adolescencia, y con ella, la crisis de identidad. Jamás había visto otro pájaro siquiera parecido a ella y, de repente, sin saber por qué, necesitaba encontrar alguno. ¿Espero o me voy a buscarlo? En esta disquisición estaba cuando el claxon de un camión enorme la devolvió a la realidad. Se asustó, voló impulsivamente y se acabaron las dudas.

Lérida fue la última cogujada de una osada estirpe familiar.

Dibujo tomado de www.parquedelalamillo.org

martes, 24 de septiembre de 2013

Pajareando por la Vía Verde de La Maquinilla


Soy usuario de vías verdes, lo reconozco. Usuario de bicicleta, pero también de paseo. Paseo siempre con prismáticos. Prismáticos que siempre me descubren cosas nuevas, pájaros. Pájaros con los que siempre disfruto, y anoto. Y anoto en ocasiones observaciones sorprendentes. Sorprendentes como el carricerín cejudo que descubrimos en la Vía Verde de La Maquinilla, en Peñarroya. Peñarroya, lugar en el que cohabito, lugar donde pajareo. Pajareo allí, en el Guadiato. El Guadiato, sí, donde la ZEPA.

Recomiendo pasear para pajarear por la vía verde entre Belmez y Peñarroya. El efecto borde entre los cultivos y la vegetación de ribera instalada en las charcas enclavadas en las escorias mineras, se hace notar. Ahora, en pleno paso migratorio, es buen momento para acudir. Allí hay dormideros comunales de golondrinas comunes y dauricas, se ven collalbas rubias y grises, mosquiteros musicales, carriceros comunes, currucas zarceras, zampullines chicos, chovas piquirrojas, gorriones morunos… no sigo que aburro.


jueves, 12 de septiembre de 2013

De hubaras y corredores


En estos casos, si quieres tener una mínima posibilidad de triunfar no te queda otra que pegarte un madrugón. Y no fue así. El día de antes, los viajeros, en pleno uso de sus facultades, se habían dado la natural paliza propia de la profesión, así que los cuerpos humanos no estaban para mañanear demasiado. A las diez, pues, chispa más o menos, en un día nuboso, comenzaron la caminata por el Jable de Famara, un secarral como dios manda. El primer trayecto fue completamente estéril, casi tanto como la inmensa llanura, pero en el recorrido de regreso, con la moral hundida, más bien ya sin moral, algo se movió a lo lejos. Resultó ser, de nuevo, el omnipresente bisbita caminero, valorado cada vez menos, pero allá a lo lejos, con la silueta recortada de los coches que discurrían por la carretera, algo más conspicuo parecía dejarse ver.

Los verdes ojos de la observadora, a la que no se le pasa ni los insectos, la localizó al segundo. Efectivamente era el bicho objetivo de la excursión, una magnífica hubara estaba pastando con otra en una zona especialmente llana. Por supuesto, ambas visualizaron a los pajareros  mucho antes, pero eso no importaba, había bastante tierra por medio.

La recreación de la observación dio de sí para hacer un barrido por derredor, y en esta ocasión Murphy quiso estar de parte de los excursionistas. Varias figuras del color de los campiñeses barbechos caminaban velozmente. No podía ser otra cosa que corredores saharianos. El primero hallado condujo a un segundo y éste a un tercero, y así hasta 13 pájaros que se afanaban en buscar algo para amenizar el desayuno.

Corredor, hubara, hubara, corredor, tanto monta, son suficientes como para compensar sobradamente la pobreza ornitológica en especies que la isla lanzaroteña ofreció.

Ea.

viernes, 6 de septiembre de 2013

Pon un bisbita en tu vida


Andábamos aparcando el reducido utilitario cuando de repente surgió un pájaro enfrente nuestra. Al principio no le echamos más cuentas de lo normal. Será un gorrión, que es lo propio de estos lugares tan humanizados, pensamos al unísono. Pero tenía un aire era más estilizado y esa forma de moverse… Con los pies en el suelo y los prismáticos acoplados en su natural posición, comprobamos al instante su pertenencia al maravilloso mundo de los bisbitas.

Señoras y señores, era un bisbita caminero, ya lo creo, el primero que se cruzaba delante de mis Nikon. La emoción de un nuevo hallazgo me impidió desenfundar la cámara de bolsillo para registrar el momento histórico. Al cabo de un rato, como si de un tagarote cualquiera se tratara, el bisbita no sólo seguía allí sino que se acopló con algún otro, buscando entre los coches algo para llevarse al pico.

Ya lo decía bien la guía, es una especie muy confiada. Uno, que está más acostumbrado al bisbita común y al campestre, no hubiera pensado nunca en ese grado de descaro. Así que me acordé de mis amigos fotógrafos, que hubieran retratado primeros planos del ojo o de las uñas. Yo sólo me conformo como mi rudimentario móvil o la cámara de juguete, pero aún así pude testimoniar tan feliz encuentro.

Con el paso de los días comprobamos que el bisbita caminero era el pájaro más vil de Lanzarote, sólo superado por tórtolas turcas, cernícalos vulgares y gaviotas patiamarillas. Pero el encuentro del primer día, en el parking de los Jameos del Agua, quedará para siempre.


jueves, 5 de septiembre de 2013

Tagarote en Lanzarote


10:10 AM, una hora más en el continente de la crisis. Ascenso vehiculado al Mirador del Río. Vista sobrecogedora desde la cúspide de los Riscos de Famara; el archipiélago de Chinijo enfrente. Cuatro ojos oteando el cielo. Cosquilleo inicial a la búsqueda de inéditos objetivos pajariles para el curriculum.

10:20 AM ¡Eh! Una silueta de algo vivo recorta el fondo de un perfil enteramente rocoso. Se confirma, un tagarote con todo su premio.

10:40 AM Los pacientes observadores, no contentos del todo, esperan la aparición estelar de Eleonor, la ornistar del enclave. Allí cría, allí come, allí vive, allí tiene que verse.

11:00 AM El cosquilleo inicial va dejando paso a la vida contemplativa per se. Nada vuela. El tagarote sigue allí, en su sitio, con el solo movimiento de cuello. Parece que Eleonora ha rehusado nuestra invitación.

11:20 AM El bareto de César Manrique nos acoge con cariño, y el tagarote, mientras, allí, donde tiene que estar. Un bicho de “electroetograma” plano.

11:35 AM El cielo sigue huérfano de plumas, salvo un par de cuervos que tratan de salvar el honor de tan afamado lugar. El hormigueo emocional ha cesado para dejar paso al gastronómico, bastante más mundano pero resolutivo.

11:45 AM A la vista del alegre espectáculo del tagarote y de la inexistencia de su primo hermano, los birdwatching deciden convertirse en herpetowatching: los lagartos de Haría están allí mismo y, no cabe duda, son bastante más agradecidos. Supimos después que los que vimos son de una subespecie vulnerable, Gallotia atlantica laurae, en el mismo volcán de La Corona.

Again be (o así) señora Eleonora.

A ver si eres capaz ¿dónde está el tagarote?


Epílogo. Dos días después el 50% de la expedición ornitológica vio a Eleonora, el otro 50%, o sea, yo, no. 
No somos nadie.