De qué va esto

cuentos de pájaros... o no


domingo, 10 de noviembre de 2013

La Santa Compaña

Aquel día decidí madrugar, no había dormido bien en toda la noche y deseaba que la luz se filtrara al fin por la tosca persiana de plástico disimulado. La primera exhalación del frescor otoñal hacía presagiar un día gélido, de esos que a mí me gustan. Pero el olor no era el habitual. El inconfundible aroma de la madera quemada me transportó de inmediato a los pueblos serranos, aprisionados por la insolencia de un atardecer invernal.

La menguante oscuridad no pudo con mis miedos, a pesar de que la noche anterior me ensalcé en la lectura del Corteju de Genti de Muerti. Sin pensármelo dos veces, me calcé de cuerpo entero y me dirigí como un zombi hacia mi cotidiano destino, el río.

Y allí, la terrible sorpresa, un grupo de ánimas prendían varias hogueras; sin duda presagiaban el destino final de todo lo viviente. No cabía ninguna duda, la Santa Compaña en pleno se había reunido horas atrás; y ahora, con su uniforme y sus antorchas, peregrinaban junto al Guadalquivir arrasando cualquier atisbo de vida.

Se llevó el alma del río.

Sotos de la Albolafia (7/nov/2013)

lunes, 4 de noviembre de 2013

La fábula del mirlo acuático y el plecóptero

Perla es uno de esos insectos que viven bajo el agua. Bastante delicada, hay que reconocerlo, pero buena gente. Habitante de la Sierra de Cazorla, río Borosa para más señas, lugar de gran discurrir de paseantes de muy diversos pelajes.

Siempre refugiada en su tubo de piedrecitas, nuestra amiga no conoce el miedo. No tiene por qué. Jamás se ha encontrado con peligro alguno, salvo tal vez cuando el Borosa se cabrea un poco y sus aguas fluyen más bravas de lo normal.

Es curiosa la perspectiva de las cosas desde el fondo de un río de transparentes aguas. Desde allí se ven las siluetas de los curiosos que, eso sí, cuando acercan su jeta, acojonan un poco. Las hojas caídas de los álamos negros se aprecian como pateras de diligentes movimientos; las nutrias son grandes monstruos de cola infinita, y qué decir de los enormes hocicos de los ungulados que acuden a beber.

Un día estaba Perla con medio cuerpo sacado del tubo, mirando con interés a una figura nueva para ella. La observó sin desconfianza. Aquel animal, un pájaro marrón y de pecho blanco, movía graciosamente su cuerpo regordete, flexionando sin descanso las mojadas patas. Advirtió que con frecuencia se lanzaba al agua y ¡nadaba!. No daba crédito.

Embobada estaba viendo al panzón desde su privilegiado emplazamiento, cuando de repente notó que aquel bicho se sumergía en un santiamén. Buscaba algo, estaba claro, pero no acertaba a adivinar qué. Hasta que en una de sus zambullidas llegó junto a ella, se le quedó mirando atentamente a los ojos y… Perla dejó de existir.


Dibujo de Yolanda Espinosa
tomado de su web: www.yolfinger.com

Moraleja.- Perla era un plecóptero, uno de los alimentos preferidos por los mirlos acuáticos. Y ella no lo sabía (ni que era un plecóptero ni que era alimento).
¿Te ha pasado alguna vez? 
Frena un poco y mírate. Igual descubres tu lado plecóptero