De qué va esto

cuentos de pájaros


miércoles, 18 de junio de 2014

El origen del alzacola

Cuenta la leyenda que el Dios Ornis era muy dado a hacer bromas; el día que se levantaba con ganas de cachondeo, la liaba. Y la lió, claro que sí, a costa de que muchas criaturitas tuvieran que cargar de por vida con el sambenito nominal: albatros ojeroso, rabijunco etéreo, piquero enmascarado, rabihorcado magnífico, reinita charquera… Pero hay más en este sorprendente y desconocido personaje, nuestra deidad tenía fama entre el gremio de no ocultar su libidinoso comportamiento, de hecho las diosas rehuían a su paso y los dioses… también.

No quedó ahí su lujuriosa sorna, y continuó enredando. A un discreto y oscuro pájaro de pico rojo lo convirtió en el hazmerreír de todos; no tuvo otra que llamarlo polla de agua, y encima agradecido por especificar el sitio donde vive. Menos mal que muchos años después alguien tuvo a bien empezar a llamarlo gallineta, aunque para la posteridad quedará, para su desgracia, la original polla.

Tampoco acabó así su banalidad, con el tiempo volvió a la carga y se jactó con el rabilargo, nombre que suponemos no procedería de la inspiración que ofrecen los singulares varones de China y Japón. Quedará, pues, la esperanza de que esa iluminación le llegara de la cinematográficamente demostrada virilidad ibérica. Pero no se sabe, conste.

Y el alzacola remató tamaña e impúdica exhibición de socarronería. Pura poesía que sólo mentes febriles pueden confundir con la realidad. Delicioso.

[Tomado de la web de SEO /BirdLife]


[Big Year] Alzacola rojizo: 264

viernes, 13 de junio de 2014

[BY] - crónica de un charrán

¿Ya que estamos aquí por qué no nos llegamos a la costa? Del Puerto de la Ragua a Punta Entinas-Sabinar, con todo el calor, después de comer, con un aparato digestivo acaparador de toda la sangre posible y claro, invadidos por el sueño. Así comenzó nuestro periplo a la caza y captura del charrán común.

Comenzamos el pajareo por las antiguas salinas cercanas a Roquetas. Y ya lo dijo Bebe antes que nosotros, “desilusión me ha venido a ver”: más coches que pájaros. Ante tan ingrata sorpresa, no le dimos la oportunidad al lugar y nos fuimos precipitadamente, huyendo del gentío y de las tartanas humeantes. Un par de accesos peatonales nos dieron la oportunidad de disfrutar con canasteras, flamencos, gaviotas de Audouin, chorlitejos varios y, sobre todo, incansables charrancitos.

Pero el charrán no aparecía.

Desde un mirador natural, con vistas privilegiadas a un enorme charcón cercano a Almerimar, tuvimos la ocasión de abrirnos las carnes. Allá abajo, en el menos infinito, volaban bichos que bien podían pasar por charranes. Consigna inmediata: ¡hay que llegar ahí como sea!. Y dimos con el sitio más pronto que tarde: nos quedaba poco tiempo de luz para rastrear el humedal. Muy diligentes, buscamos una de las orillas en las que habíamos intuido estérnidos, y en el camino, cómo no, un amable paisano con ganas de platicar en exceso nos robó, sin querer, preciosos minutos, segundos. Pura agonía.

Y el charrán no aparecía.

Desilusionados, a mi compañera se le ocurrió quemar los últimos nanosegundos de luz en la cercana playa. Regreso veloz esquivando al afectuoso paisano que cordialmente nos acechaba, y obviando delicias aladas que se cruzaban en el camino. En aquellos minutos, no existía en el mundo otro bicho que el charrán. Al instante encontramos sin dificultad un buen oteadero desde el que estábamos dispuestos a perder la visión definitivamente en el ocular del tele.

Pero el charrán no aparecía.

¡Vámonos de nuevo para Sierra Nevada!, sentencié. Hemos fracaso otra vez. La semana había sido infructuosa: nos quedamos sin búho real y sin vencejo cafre, objetivos septenarios. Pero ese dios en el que nunca he creído hizo su aparición en modo de rayo solar.

Y el charrán apareció.


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lunes, 9 de junio de 2014

El afligido zumayo

- Me odian, tío ¿o es que no lo estás viendo?
- Pero ¿por qué?
- Dicen que soy muy feo. Se ríen de mí y además creen que si les miro a los ojos tendrán mala suerte.
- Pues si yo fuera tú, no les haría ni caso.
- ¡Qué fácil es decir eso siendo una oropéndola!

Voló de la rama del eucalipto a su particular trozo de suelo, y en su atormentada mente se sucedía la misma retahíla de siempre: chupacabras, engañapastores, tapacaminos, gallinaciega, tontico… Nadie le llamaba por su nombre, salvo sus zumayos amigos, sicológicamente más estables, y con la fuerza suficiente como para haber superado sobradamente los desaires a los que estaban acostumbrados. No podía evitarlo, o mejor, no sabía cómo. Perdió el apetito y las ganas de volar. Estaba decaído y acabó enfermando.

Un día, el mundo de la noche se arremolinó junto a él. Estaban preocupados por su vecino pues no sabían cómo ayudarle. Todos eran feos pero orgullosos de serlo. Feos a los ojos de los guapos, y guapos a los ojos de uno mismo, en realidad, lo único importante. A ver tantos rostros pardos juntos, se emocionó. Junto a búhos, autillos y cárabos se unieron otros noctámbulos de condición: alcaravanes, ruiseñores, martinetes y mirlos. Feos, guapos, resultones, negros, grises, marrones, azules, de ojos amarillos, naranja, oscuros, de patas cortas, patilargos, cantores, de voz tristona, nerviosos, tranquilos. Lo entendió.


[Dibujo de Juan Aragonés]

lunes, 2 de junio de 2014

Reyezuelos al fin y al cabo

Su padre se sacrificó por una buena causa, y no tuvo más remedio, pues, que convertirse muy pronto en el amo y señor de todo aquello que alcanzaba la vista. Reyezuelo, le llamaron en tono nada despectivo. El populacho lo aceptó bien, tal vez por su carácter bonachón, heredado probablemente de su madre. Resultó ser bastante sencillo en su comportamiento, aunque no rehuía del protocolo, la pompa y el boato que acompaña a toda realeza que se precie. El pueblo le quería.

Mucho tiempo estuvo gobernando sobre sus dominios, lidiando con los más guerreros, con los grandes señores y con otras casas reales. En ocasiones tenía a bien dirigirse directamente a sus súbditos, mancillando las normas básicas del protocolo. El pueblo seguía queriéndolo.

Con frecuencia se iba de caza o sencillamente se perdía ante los ojos del resto de la corte. Era feliz. Pero un día se hartó y se fue, aunque su reino no peligró. Esta vez le tocó al primer reyezuelo del listado, llamado, desde su nacimiento, a garantizar el futuro de la estirpe y de los privilegios.

Reyezuelo sencillo y reyezuelo listado empezaron así a enfadar a las masas que, por primera vez en mucho tiempo, se cuestionaron la utilidad de mantener un linaje acaso innecesario.

La realeza entera tembló, y la congoja llenó las vidas de pinzones reales, zorzales reales, colirrojos reales, águilas reales, ánades reales, garzas reales, vencejos reales, búhos reales, charranes reales, milanos reales y pitos reales. Mientras, atentas, garzas y águilas imperiales…


[Dibujos tomados de la web de SEO/BirdLife]