De qué va esto

cuentos de pájaros


viernes, 13 de junio de 2014

[BY] - crónica de un charrán

¿Ya que estamos aquí por qué no nos llegamos a la costa? Del Puerto de la Ragua a Punta Entinas-Sabinar, con todo el calor, después de comer, con un aparato digestivo acaparador de toda la sangre posible y claro, invadidos por el sueño. Así comenzó nuestro periplo a la caza y captura del charrán común.

Comenzamos el pajareo por las antiguas salinas cercanas a Roquetas. Y ya lo dijo Bebe antes que nosotros, “desilusión me ha venido a ver”: más coches que pájaros. Ante tan ingrata sorpresa, no le dimos la oportunidad al lugar y nos fuimos precipitadamente, huyendo del gentío y de las tartanas humeantes. Un par de accesos peatonales nos dieron la oportunidad de disfrutar con canasteras, flamencos, gaviotas de Audouin, chorlitejos varios y, sobre todo, incansables charrancitos.

Pero el charrán no aparecía.

Desde un mirador natural, con vistas privilegiadas a un enorme charcón cercano a Almerimar, tuvimos la ocasión de abrirnos las carnes. Allá abajo, en el menos infinito, volaban bichos que bien podían pasar por charranes. Consigna inmediata: ¡hay que llegar ahí como sea!. Y dimos con el sitio más pronto que tarde: nos quedaba poco tiempo de luz para rastrear el humedal. Muy diligentes, buscamos una de las orillas en las que habíamos intuido estérnidos, y en el camino, cómo no, un amable paisano con ganas de platicar en exceso nos robó, sin querer, preciosos minutos, segundos. Pura agonía.

Y el charrán no aparecía.

Desilusionados, a mi compañera se le ocurrió quemar los últimos nanosegundos de luz en la cercana playa. Regreso veloz esquivando al afectuoso paisano que cordialmente nos acechaba, y obviando delicias aladas que se cruzaban en el camino. En aquellos minutos, no existía en el mundo otro bicho que el charrán. Al instante encontramos sin dificultad un buen oteadero desde el que estábamos dispuestos a perder la visión definitivamente en el ocular del tele.

Pero el charrán no aparecía.

¡Vámonos de nuevo para Sierra Nevada!, sentencié. Hemos fracaso otra vez. La semana había sido infructuosa: nos quedamos sin búho real y sin vencejo cafre, objetivos septenarios. Pero ese dios en el que nunca he creído hizo su aparición en modo de rayo solar.

Y el charrán apareció.


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