De qué va esto

cuentos de pájaros... o no


jueves, 11 de febrero de 2016

Bir Year 2016: enero

Acabó enero con un registro interesante, 169, más que en el anterior BY de 2014, y sin ser demasiado agonía porque todavía hay bastantes especies facilonas que no he hecho ni por verlas, y eso que están al lado de casa. Pero, eso sí, me he quedado con las ganas de nortear. Y es que Córdoba da pocas satisfacciones bigyerianas porque es una provincia muy limitada en cuanto a diversidad de aves; eso sí, muy bonita, oiga.

Las excursiones doñaneras y por el Odiel no suelen fallar, y digo bien, no suelen, y este mes han aportado lo que tenían que aportar (lo normal para estas fechas), pero con un feliz añadido: el archibebe fino que en 2014 no fui capaz de ver. Pero lo que más destaco es el bimbo (no me gusta nada este palabro) personal del año (por ahora...), el mosquitero bilistado de Sanlúcar de Barrameda. Imagino que los vecinos de la calle Nao Concepción estarán flipando viendo desfilar a tantos colgados con prismáticos. No hay más que ver la gente que ha circulado y ha publicado sus observaciones en Reservoir Birds, más los que, como yo, no lo hemos compartido en la web (por no ser demasiado jartibles). Desde luego los cordobeses bigyerianos hemos desfilado todos por allí.

Interesante lo de este bicho, que se está pasando el invierno danzando de una jacaranda a otra, a tropocientos kilómetros de donde tenía que estar, en un clima de lo más agradable y con un invierno de esos de manga corta. Como curiosidad, puedes estar tomándote una Mirinda en el bar de la calle y disfrutando con la briega del mosquitero (y con el sabor empalagoso de la ¿extinta? bebida). Nosotros tuvimos la suerte de llegar, aparcar, y observar desde el coche al bilistado moviéndose encima nuestra. En fin... esto compensa los sofocones de otras veces donde te dejas los cuévanos de los ojos a la búsqueda y captura retinal de cualquier alado. Ya vendrán tiempos peores.

No tuvimos que herniarnos ninguno de los dos



Parece suerte, pero es habilidad... seguro

La prueba churretosa del delito
 
Acaso una muestra de timidez

Para una mejor comprensión por los más jóvenes

domingo, 7 de febrero de 2016

E.C. Triano


Ya lo escribí en otra ocasión: “Se van los mejores”, frase nada original tomada, además, de una excelente canción de Pedro Guerra, de la que resalto estos versos que suscribo especialmente (como todo lo demás):

Dejándonos solos
Cuidando en los libros su eterno tesoro
De amor e inquietud
Que el dios en quien nunca he creído
Bendiga su luz

Sin ánimo de caer en los tópicos del tipo “amigo de sus amigos”, etc, etc., y que son ciertos, lo que me viene a la cabeza es su sabiduría, la pasión por aprender de y sobre la naturaleza, su alegría y, cómo no, las interminables risas que hemos compartido durante una etapa de nuestras vidas.

Corrían los ochenta cuando un escuálido número de naturalistas de la provincia empezamos a conocernos y a querer saber todo lo que nos había enseñado Félix por la tele, por sus cuadernos de campo, por su Fauna Ibérica. Y ahí estaba Enrique, un escalón, o varios, por encima del resto, hablándonos de complejas relaciones ecológicas cuando nosotros, los godesianos imberbes, aspirábamos en aquel momento a poco más que reconocer a todos los pájaros que veíamos, que no era poco. Y nos cautivó.

Enrique nos introdujo en el “mundo de las separatas”, y en el Centro Cordobés de Estudios Ecológicos, una organización fantasma que lo único que pretendía era acceder a información científica para tratar de estar a la última. Visto desde fuera parecía que éramos algo. Aún recuerdo una tertulia aderezada con aquellos extraños licores que inventaba con plantas subbéticas, en las que nos interpretaba la ornitología en base al coste energético y su relación con el comportamiento de los pájaros. Era la primera vez que oía algo parecido, y mi chip cambió por completo para los restos. Gracias Enrique, te lo debo.

Como te debo el conocimiento de muchos rincones de lo que después fue parque natural, de algunas plantas (pero muy pocas), de pájaros, fósiles, el libro de Jean Dorst, los cerros de separatas por toda la casa, las “alimañías” congeladas en el frigorífico, las plantas prensadas en papel de periódico, los licores y ungüentos repulsivos, el E.C. Triano (te fuiste sin decir qué era la C), los pendientes postmodernos, el arsenal de egagrópilas de lechuza, la vajilla semilimpia, los prismáticos de kilo y medio, las gafas a punto de despeñarse… Y siempre, eso sí, descojonándonos.

Va por ti, maestro.

En el monasterio de Los Angeles... creo, hace una pila de años