De qué va esto

cuentos de pájaros... o no


lunes, 30 de enero de 2017

Sisón, ave del año, por fin

Aquella noche dormi mal. No puedo decir que fuera en blanco, mentiría, pero sí harto incómoda. Ciertos tintes obsesivos se adueñaron muy pronto de mi mente ante la posibilidad de no oír el odiado despertador. Había quedado muy temprano, a esa hora en la que los murciélagos campan a sus anchas por la ciudad y los mirlos permanecen hiperactivos aprovechando la luz de las farolas. Por delante me esperaba un día lleno de sorpresas, o al menos esas eran mis expectativas. Me enfrentaba nada menos que a mi primer censo de avutarda.

No recuerdo su número ni siquiera el lugar donde lo apunté, da igual, pero jamás olvidaré que ese día vi el bando más grande de sisones de toda mi vida pajarera. Pasaba la centena, eso sí lo sé, un grupo enorme que pastaba entre las incipientes siembras de lo que antaño fue la laguna más importante de la comarca.

Desde aquel día, y de eso ya hace bastantes años, he pasado por aquel paraje y otros cercanos en los que los sisones siempre han alegrado el paisaje visual y sonoro. Jamás he vuelto a ver un número de ejemplares tan numeroso. A lo sumo algunos individuos dispersos, afortunadamente desconfiados.

El sisón ha desaparecido ya de mi mapa del mundo en el que me nutrí y aprendí de lo natural. En contados enclaves quedan ya, tal vez contando los días para que un milagro del altísimo evite lo inevitable.

[El último bando de sisones, visto hace una semana]

domingo, 29 de enero de 2017

El Solitario del Desierto


Reconozco que me costó iniciarme: una profusa descripción del desierto que no sabía dónde me iba a conducir. Pero más pronto que tarde captó mi atención. A partir de ahí caí sumergido en una deliciosa radiografía de un mundo aparentemente vacuo, inerte, sudoroso, incompatible con la vida. Edward Abbey, con un estilo literario muy sugerente, tiene la capacidad de atraparte, y te consume hasta un irremediable final al que no deseas llegar. Acabas amando al desierto y a todas sus gentes, el insignificante artrópodo, la sórdida planta que vive en lo imposible y la turmalina caída desde la colina de Salt Creek. Deseas verlo, estar allí, bañarte en el Gran Cañón, escalar al Tukuhnikivats, cabalgar por Sleepy Hollow o fundirte con el paisaje en el mirador del Laberinto.

Literatura elegante que te transporta a los viajes de los naturalistas de dos siglos atrás, llenos de belleza, audacia y acaso ingenuidad, con una carga de aventura que se remata con una aguda y acertada crítica a la modernidad de la época. Muchos de los lienzos dibujados con la elegancia de las letras hoy ya no existen, sepultados por grandes presas, diseccionados por autovías o sustituidos por irreversible cemento.

La crítica mordaz, la ironía y el afilado humor de Abbey hacen del “Solitario del Desierto” un atractivo tratado del inmenso secarral americano, con proféticos pensamientos que cincuenta años después han acabado por cumplirse. Ya podía haberse equivocado.







sábado, 28 de enero de 2017

Guiri Pajarero Suelto



Envidia. Esa es la primera palabra que se me vino a la mente cuando concluí el libro de Andy. Envidia de la buena, sí, porque entre mis numerosos defectos no está precisamente éste, pero envidia al fin y al cabo. En ella tiene que ver los lugares que ha tenido ocasión de visitar y sobre todo las aves que han impregnado sus retinas, y que ahora comparte con el resto de humanos.

Cuando me enteré de la publicación de la biografía pajarera de Mr. Paterson, mi yo cotilla me susurró al oído, ese libro tienes que leerlo. Y se lo pedí a los reyes. Me gustan las biografías, lo reconozco, pero nunca había leído una de un pajarero, con lo cual tenía para mí un doble aliciente. El libro se lee fácil y rápido, lo cual se agradece, y se disfruta porque te transporta a muchos sitios, algunos, no pocos, muy desconocidos para mí, por lo que he tenido que recurrir a internet para hacerme una idea de por dónde andaba Andy en sus correrías pajareras. Es lo que tiene mi incultura geográfica.

Agradezco la iniciativa del editor y el buen hacer del autor. Lamentablemente no se prodigan este tipo de publicaciones que, si bien están destinadas a un público minoritario, revisten gran interés en cada vez un mayor número de personas. Afortunadamente, añado. El lector sensibilizado con las aves disfruta mucho con las aventuras de los compañeros, que comparten -y restriegan, en el buen sentido-, observaciones alucinantes, de esas que aparecen de vez en cuando entremezcladas en los sueños del coleccionista de sensaciones. Qué es si no la ornitología.




Salud, Andy, que no falte nunca. Muchas gracias por hacer tu vida ornitológica un poco más pública, y a seguir así que todavía queda mucho por ver. See you.

miércoles, 25 de enero de 2017

Por la Vía Verde de la Maquinilla

Salida dominical por la vía Verde de la Maquinilla. Agradable y corto paseo entre Peñarroya y Belmez en el que se puede disfrutar de bastantes especies de aves en estas fechas. La vegetación espontánea que ha crecido en el borde de las escorias mineras constituye un excelente refugio y zona de alimentación de paseriformes, acentuando el efecto borde con los cultivos circundantes. La pequeña dehesa que queda cercana favorece la observación de especies forestales, enriqueciendo aún más la lista de pájaros.

A un lado quedan los bandos de alondras, avefrías, bisbitas pratenses, cogujadas comunes, lavanderas blancas y algún chorlito dorado, y al otro colirrojos tizones, urracas, verderones, verdecillos, tarabillas, trigueros, estorninos negros y currucas cabecinegras. Y todo ello sonoramente adornado por el trompeteo de las grullas.

Animo a cualquier persona que le guste caminar, a utilizar este itinerario magníficamente acondicionado por iniciativa de la asociación La Maquinilla (http://lamaquinilla.blogspot.com.es), y a los usuarios habituales de esta vía a que reparen en las aves. Disfrutarán aún más del paseo.

[Macho de tarabilla común]
 
[Bando de calandrias. Foto de Juan Manuel Delgado]
[Grupo de estorninos negros]

jueves, 19 de enero de 2017

Avetoros a punta pala

Ilusiones ópticas aparte, el número de avetoros que he visto hasta el pasado mes de diciembre asciende a la friolera de un ejemplar. U N O. Fue en noviembre de 2014, gracias al mérito del amigo Javier Salcedo. Sin su compañía y excelente vista jamás hubiera mirado hacia donde estaba aquel individuo, perfectamente camuflado entre los rastrojos de arrozal. Embutido en un surco empapado y cazando lo que intuí eran cangrejos.

Pero este año la cosa ha cambiado bastante, tal vez debido a la fortuna, el buen hacer o un excelente año avetoroide. Da igual. El caso es que el 19 de diciembre vi dos ejemplares diferentes o, quién sabe, un mismo individuo que, harto curioso, decidió seguir la estela de nuestro vehículo para disfrutar una segunda vez con nuestra alelada jeta. Y varios días después un tercero, éste en condiciones lumínicas un tanto pobres, in extremis, pero con la crepusculidad suficiente como para que quedara inmortalizado, aunque eso es lo de menos.

Doñana en estas fechas es una delicia para el observador de aves. Afortunadamente hay algunos recorridos que se pueden hacer de forma libre, disfrutando del paisaje, de la luz, del sonido de la marisma, del aire impoluto acariciando el rostro. Ahora me falta escuchar el profundo mugir del avetoro, algo muy difícil para un cuasi sordo. Pero todo llegará.



[fotografías del primero de los tres avetoros observados, cedidas generosamente por mi hermano]

lunes, 9 de enero de 2017

Resultados Big Year 2016

Uno de enero de 2016. El pueblo está húerfano de almas, acaso algunos cuerpos resacosos se dejan entrever en algunas esquinas o escondidos entre filas de coches aliviando morralla alcohólica. Ciertamente es temprano pero no lo suficiente, el mundo de lo natural, ajeno a la artificialidad religiosa, ha despertado hace tiempo y bulle la vida desde hace un rato en las estepas del Alto Guadiato. Rompiendo la escarcha apegada al barrizal más profundo, nos adentramos por caminos bien conocidos, a la búsqueda de avutardas, sisones, grullas y toda suerte de bellezas naturales absolutamente desconocidas para los hoy borrosos pobladores de las microurbes. Curioso esto, gente apegada al terruño, del que se nutren, pero ajena a las delicias del viento.

Dos de enero. Ahora en la urbe. Las calles ya han cobrado cierta normalidad. Es la hora de la lechuza, también del martinete, que trasiega por el Guadalquivir río arriba y río abajo a la búsqueda de su particular comida navideña. La de siempre. El objetivo madrugador de hoy es muy distinto, las marismas del Odiel y la llanura de Doñana, para, de paso, depurar la resaca digestiva con la brisa del Atlántico.

(...)

Veitinueve de diciembre. El frío se ha apoderado de la meseta castellana. Como tiene que ser. La niebla, que se ha hecho dueña días atrás de esta parte del país, ha tomado la afortunada decisión de retirarse. Por fin. Horizonte despejado para volver a intentarlo con los gansos.

En efecto, acabé el año disfrutando de un ánsar piquicorto, igual que en la película El Gran Año, allá por tierras salmantinas. Y en una nueva ocasión se ha resistido el ánsar campestre que, como en 2014, ha sido el último en buscarlo. Pasó inadvertido camuflado entre un bando considerable de ánsares comunes que al sorprendernos resolvió moverse en la dirección en la que el sol inutiliza la mejor de las ópticas.

2016 ha sido uno de los mejores años pajareros de todo mi medio siglo, con nada menos que 35 especies nuevas, y un número de destinos que prefiero no contar. Para qué. Collalba desértica, andarríos solitario, correlimos pectoral, polluela chica, escribano lapón, gaviota de Bonaparte, pico dorsiblanco…No sabría decir qué me ha impresionado más porque el mariposeo ventral ha aparecido con mucha frecuencia, por no decir siempre. Ese, y no otro, era el objetivo.

Cumplido.

343 especies ha sido un registro del que me siento muy feliz. Se han quedado atrás algunas aves más o menos fáciles, como la gaviota de Delaware de Costa Ballena o el gorrión alpino, al que hemos perseguido por el Pirineo y la montaña leonesa. Y con otras nos hemos topado sin querer, como la corneja cenicienta del Cabo de Gata, origen de un ataque de locura que mi pequeña no llegó a comprender.

Más allá de listas, competiciones o concursos, The Big Year Experience es, cómo no, una actividad muy recomendable, casi un modo de vida. Lo peor es que engancha, y eso nunca es bueno… o sí. Salvo arrepentimiento inexplicable o alarde de osadía, tal vez, y digo bien, solo tal vez, éste ha sido mi último BY a lo grande. Ahora toca recluirse en lo local, conocer mejor a la gente con plumas con la que convivimos y como siempre, seguir disfrutando.


[Lugares visitados durante la realización del BY, a falta de Lanzarote]