De qué va esto

made in Córdoba


jueves, 17 de mayo de 2012

El Pegolete llega a las 10.000 visitas


Aquella noche el salón de actos estaba a punto de reventar. Tamaño edificio no había conocido tanto pisoteo al mismo tiempo, salvo aquel día que dieron migas y cerveza gratis en la explanada de la entrada. Fue una jornada que quedará en los anales del local. Los esfínteres en proceso de explotación urgían la llamada de un lugar apacible donde relajarse, y si bien algunos, los más guarros, no tuvieron sino la feliz ocurrencia de verter aguas en pleno césped donde juegan a diario las fierecillas de dos patas, los más, emplearon los váteres de aquel edificio de convivencia. Sí señor, una verdadera lección de civismo colectivo si no fuera porque la mayoría de usuarios apenas atinaba al apuntar a tan generosa y ovoide diana inferior.

El público estaba impaciente, con la mirada puesta en la puerta de entrada; los cuellos, del revés, estaban empezando a notar conatos de esclerosis cuando, de repente, apareció él. Llevaba una de esas camisetas de colores sacados de un pantonario, pantalón corto bien combinado con él mismo y unas zapas a mitad de camino entre botas y sandalias. Cualquier madre con gusto de madre hubiera renegado en ese momento de lo que hasta entonces había sido su hijo.

Fue una entrada modesta y ciertamente incómoda para su pituitaria. El aire acondicionado no funcionaba desde que tuvieron que recortar gastos y allí no había cristo que aguantara, si no fuera por la sorpresa que todo el mundo aguardaba con nerviosismo. En realidad estaban allí por eso, el acto era lo de menos, porque a decir verdad nadie conocía al prota, salvo su hermano pequeño y algunos allegados, pocos, que estaban impacientes porque acabara aquello de una vez.

Una semana antes había corrido por facebook, twiter, correo electrónico y los blogs locales, que en el día señalado, a la hora fijada y en el lugar determinado, se iba a departir de balde sobre las claves para una vida mejor. Los más pragmáticos pronto interpretaron que iban a regalar camisetas del Real Madrid ¿acaso no se es más feliz vistiendo una camiseta galáctica?. Otros cargaron con sus barras de incienso para ambientar un acontecimiento que se preveía lleno de simbolismo y de paz interior. Los más viejos, como siempre, se llevaron bolsas del Piedra a la espera de llenarla con patatas, naranjas o botellitas de aceite.

Así se entiende la expectación tumultuaria que se levantó en aquel modesto salón de actos, acondicionado, en su máxima aspiración, para acoger la actuación del grupo de teatro de la tercera edad del barrio. La decepción fue máxima y los destrozos supinos.

El evento en cuestión tan sólo pretendía juntar a un grupo de amiguetes para celebrar nada menos que las 10.000 visitas de un blog local. Cada uno de los energúmenos que acabaron con la decoración y las incómodas butacas del Ikea debieron aprender la lección: hay que leer bien la información pero, sobre todo, que las expectativas se las crea un solito.

Ya sabes.


PD. Gracias, visitante, gracias, “visitanta”, por estar ahí detrás de ese cuadrilátero cegador que a veces nos quita el tiempo que le pertenece al aire libre. Y si, efectivamente, este microrelato es una ficción muy propia de un blog que, como éste, está repleto de pegoletes.

lunes, 30 de abril de 2012

El escribano hortelano y los tres mosqueteros


Llevaban varios días advirtiéndolo, aquel fin de semana prometía una generosidad robada al líquido elemento durante toda la primavera. Y al fin acertaron. Un amanecer húmedo que en absoluto nos hurtó la ilusión, que nos dirigía, esta vez, a nuestro meridional destino provinciano. El empeño compartido por conocer más y mejor las carracas cordobesas nos llevó a tierras de campiña, donde el río Guadajoz marca la diferencia. Allí, Athos Floren, Porthos David y Aramis Leiva nos dispusimos a plantarle cara a la plúmbea atmósfera, que nos la tenía jurada.

El céfiro no demasiado apacible y las gotitas que dulcemente se dejaban caer por aquellos campos, parecían domesticar a la comunidad de plumíferos que, en contra de las previsiones, no quiso pasar desaparecibida. Los fringílidos y alaudidos estaban donde tenían que estar, y las aves de presa propias de aquellos campos no dudaron en ningún momento en hacerse visibles.

Tal vez una primavera un tanto alocada explica los frecuentes y nada despreciables bandos de terreras comunes y lavanderas boyeras, como también el siempre feliz hallazgo de tarabillas norteñas y bisbitas campestres. Pero fue en las huertas de la Ucubi romana, localidad natal de los ancestros familiares del emperador Marco Aurelio, donde todo sucedió. Arrastrando los enfangados neumáticos de la máquina expendedora de humo que nos proporcionaba refugio y calor, nos topamos con ellos. El futuro estaba escrito.

Fue ese día y no otro cuando el destino quiso que los tres birdwatchers se enfrentaran por primera vez en sus vidas a la presencia inconfundible del escribano hortelano. Un par de dos, macho y hembra para más gozo, comiendo casi ajenos a la presencia de tres absortos ejemplares de esa subespecie humana que se caracteriza por incorporar unos prismáticos al cuello. Dos hortelanos, dos, como los toros, disputando diminutas semillas con las terreras, que ese día quisieron dominar la jornada. Dos escribanos que no quisieron separarse más de diez metros, tal vez adivinando nuestros amistosos fines.

Y ante aquellos pajarillos de mojadas plumas, el recuerdo canalla de la última cena de François Miterrand, cuando ocho días antes de su muerte, el ex presidente francés engullió dos escribanos hortelanos a cara de perro. Aquel 31 de diciembre de 1995 reunió por última vez a un grupo de amigos para su despedida, y para ello seleccionó los mejores platos de la cocina nacional gabacha: ostras de Marennes, foie gras de las Landas, capón asado y escribano hortelano.

La tradición de los furtivos galos incluye la captura con red de estas aves. Las enjaulan y ceban como ocas, engordándolas sobremanera. Después sumergen al pájaro en un vaso de armañac o coñac, ahogándolo, para de esta manera dotar a su carne de un peculiar sabor. A continuación lo despluman y asan al horno, presentándolo crujiente dentro de una patata asada.

Los macabros pensamientos de tan refinada cultura contrastaban con aquella visión única. Y así, como los tres mosqueteros, hubiéramos querido siquiera arañar los cuellos de tan distinguidos comensales para hacer justicia a los miles de infelices escribanos que a lo largo de la historia han sido sacrificados para dar gusto, nunca mejor dicho, al selecto paladar francés.

La jornada mereció, y mucho, la pena, a pesar de la privación de carracas y del intento del suelo campiñés por dejarnos incorporados a él por varias horas. No se salió con la suya… aunque por poco.

Dibujo: pajaricos.es

martes, 24 de abril de 2012

¿Dónde vas gorrión?

Hasta los gorriones nos abandonan. No es novedosa la noticia de la desaparición progresiva del gorrión común en nuestro país, pero no por ello hay que olvidarla. En los primeros años de la década de 2000, ornitólogos de varios países europeos habían constatado unos descensos poblaciones graves, llegando a certificar su práctica desaparición en varias capitales del viejo continente, como Londres o Praga, y problemas muy graves en Dublín, Edimburgo y Dublín. 

La SEO ya constató en la Comunidad de Madrid una disminución de 14.000 gorriones al año, y la RSPB nada menos que cinco millones de parejas en los últimos 30 años.


(Dibujo tomado de internet. Desconozco al autor,
a pesar de lo cual le doy las gracias)

Causas inequívocas no existen aunque sí se han apuntado varios factores que en conjunto pueden explicar tan llamativa situación. Los nuevos modelos de jardinería y de edificación, la fuerte competencia con las palomas, la escasez de insectos, la despoblación rural, el cambio climático y la contaminación electromagnética producida por las antenas de telefonía móvil son, entre otras, algunas de las que se han anotado por diversos ornitólogos.

De todo esto se desprende la advertencia de la rapidez en los procesos de extinción, por el momento local, de las especies, incluyendo las más abundantes como es la que aquí nos ocupa. Por otra parte, sirva este ejemplo como bioindicador de la mala salud del ambiente en el que vivimos en teórica armonía con los gorriones.

Habrá que estar atentos a este tema y no despreciar nunca una observación de gorriones porque puede ser que mañana se convierta en un lujo. Estaremos acabados cuando tengamos que organizar una campaña de protección y conservación de Passer domesticus.

Espero no verlo nunca.

lunes, 9 de abril de 2012

El señor Rui

Como cada tarde, a la vuelta del trabajo paso irremediablemente por el puente de San Rafael, y allí es imposible evitar sacar el pescuezo por la barandilla cementada para ver y oír. Aunque de esto último poco porque el tráfico, que a esas horas está igual de imposible que en otras, domina el paisaje sonoro. Pero hoy he asistido a un duelo insólito que me lleva a escribir estas líneas. 

Mientras el estrepitoso y llamativo sonido de una ambulancia, que curiosamente divagaba como si no tuviera prisa, destrozaba lo poco que me queda de oído, abajo, a pie de orilla, un ruiseñor común cantaba desafiante.

El combate estaba servido. Arriba, la nerviosa sirena, abajo, algo más de 16 centímetros de carne chillando desconsoladamente a la búsqueda de compañía. Los dos tenían cuerda para rato, la primera aguantando hasta el sucumbir de la batería, y el segundo dispuesto a trinar día y noche defendiendo su efímero espacio vital. Los viandantes, como siempre, caminando ajenos al espectáculo de la naturaleza.

Por suerte, el sanatorio andante se abrió paso entre la marabunta de chatarra y me dejó, al fin, a solas con el ruiseñor, que junto al Guadalquivir se empeñaba en alegrarme la tarde. Al menos eso creo yo.

viernes, 30 de marzo de 2012

El espíritu de Marsellus Wallace

Hace poco me comentaba un amigo que estaban robando muchas bicicletas en Córdoba para venderlas en otras ciudades, y viceversa. Doy fe. El 27 me sisaron la mía. Llevaba 20 años con ella, así que para un amante de los velocípedos como yo, este hurto supone algo más que un dolor. Y no hablo precisamente de dinero.

Mi Amerbike estaba en peligro de extinción. Nunca llegué a ver otra igual, y no por su calidad o belleza. No sé qué voy a hacer si algún día la veo con un mamón encima. Si estuviéramos en América y estuviera más desequilibrado de lo que estoy, probablemente le metería un Magnun 44 por el sieso. Mi abogado alegaría defensa personal combinada con algún comportamiento esquizoide de esos que están catalogados y no estaría en la cárcel ni un fin de semana. Aunque depende del Estado, porque igual me podrían freír vivo, y más siendo hispano.

No es, desde luego, mi caso, aunque mi imaginación me lleva a determinadas secuencias de Pulp Fiction que prefiero no reproducir aquí para seguir proyectando una imagen de cordura. Espero al menos que también se la roben al ladrón, y al ladrón del ladrón, así, al menos, podrá disfrutarla mucha más gente, y de paso se joden un poco.

Atento, pues, amigo conductor; ya lo decía la sabia Perlita de Huelva. Si eres poseedor del sistema de transporte más ecológico jamás conocido, no olvides redoblar los esfuerzos en amarre y protección: candado del 15 y "caenón" de esos que van colgados al pescue de los Yeremi. 

Y que la suerte te acompañe. Mientras, yo seguiré soñando con Vicent Vega, Marsellus Wallace, el Señor Lobo y demás desequilibrados. Al menos consuela.

viernes, 16 de marzo de 2012

Coleccionable de literatura ornitológica



Los cuentecillos o relatúzculos que aparecen de vez en cuando serán, siempre que sea posible, caseramente maquetados en formato libro, y colgados aquí al lado en pdf para su libre difusión. Se inicia así una colección de literatura ornitológica, de carácter inédito al tiempo que paranoico, que tiende al infinito, en "volúmenes", digo.

Espero que te gusten.

miércoles, 14 de marzo de 2012

La calandria de no quería calandriar

Nació diferente. Fue el último en eclosionar de los seis huevos que tuvo su mamá. Aquel fue un año de lluvias frecuentes y solecito agradable, lo ideal para el crecimiento de plantas y de animalillos apetitosos para estos cantores de la estepa. Le llevó lo suyo romper la dura cáscara oval, tanto que su madre casi lo daba por perdido, pero en el último momento lo consiguió. Sus progenitores habían tomado la decisión de llevarse ese huevo muy lejos del nido, así que se puede decir que, a pesar de todo, nació con suerte.

El ambiente familiar en el que creció no resultó ser precisamente ideal, ni siquiera cómodo. Sus hermanos, siempre más fuertes y grandes que él, apenas le echaban cuentas; sólo se acordaban del pequeño cuando había que derivar la culpa de alguna trastada.

-¡Mamá, el chico que se ha comido mi lombriz!, le acusaba siempre el mayor de los seis. 

Por supuesto, siempre era mentira, a pesar de lo cual los padres acababan castigando al descendiente más canijo. Y lo hacían con lo que más le dolía: caminar por las llanuras para conocer al vecindario.

Así transcurrieron los cortos días de juventud hasta que no tuvo más remedio que emanciparse. En realidad estaba deseándolo, aunque con un pánico disimulado que en absoluto quería manifestar ante la cohorte familiar que le había tocado.

Al fin respiró aire fresco. La férrea educación de sus progenitores y la relación nada fraternal que había tenido en su primer año de existencia, marcó irremediablemente su vida. El contacto cada vez más frecuente con otras calandrias confirmó lo que venía experimentando de un tiempo a esta parte, se sentía diferente a las demás. 

La llamada de su primera primavera nunca le llegó. Desde lo alto de un poste de granito observaba cómo sus amigos de infancia levantaban el vuelo hasta una altura para él desconocida, al tiempo que cantaban con cierta provocación, en ocasiones correspondida por otras calandrias. Exagerados picados los combinaban con momentos de cernido, enseñando las oscuras y largas alas que dejan aparecer una fina línea blanca en el borde, muy atractiva. Esa forma tan particular de calandriar era el ritual heredado de sus antepasados, que conducía siempre a perpetuar el linaje que vivía las praderas esteparias.

A él le resultaba muy divertido, pero poco más. Confiaba en que su segunda primavera fuera al fin definitiva, pero tampoco cumplió con sus expectativas. No experimentó nada y ya empezó a sentirse molesto, sobre todo cuando el grupo de compañeros con los que había pasado el invierno comenzó a increparle. Ese fue el día en el que sospechó ser diferente al resto de las calandrias de las llanuras en las que vivía. Así que no tuvo una salida más digna que migrar de allí, irse sin rumbo conocido a la búsqueda de un lugar donde sus conespecíficos fueran más respetuosos y acogedores, también más iguales.

La vida le había estado dando la espalda inmerecidamente, pero por fin apareció su día. Todo el mundo tiene su momento y a él le había llegado. En un inmenso secarral lleno de pequeñas piedras y muchas ovejas se topó con una bandada de calandrias que tenían una forma de moverse muy parecida a la suya. 

Aún era invierno y con impaciencia ansiaba la llegada de la primavera. Quería ver dónde le conduciría su instinto, pero sobre todo esperaba ver el comportamiento de los demás miembros de su nuevo clan. Con el discurrir de los días, sin que el tedio hiciera su aparición, llegó su tercer marzo. Las calandrias vecinas no paraban de calandriar, con conspicuos cantos y vuelos que llevaban las parejitas a un reservado, donde muy cerca concluían sus roces con la construcción de un nido en pleno suelo. Sin embargo, su grupo permanecía ajeno a tanto trajín. 

Los pechos negros realzaban las bellas figuras de toda la banda, que sólo pretendía seguir con la diversión. Tan particulares ejemplares vivían en un asueto constante dentro de su pequeño paraíso, un calandrial donde las calandrias no querían calandriar.

jueves, 8 de marzo de 2012

De pajareo por la Serena

Si a cualquier persona ajena al mundo alado se le cuenta que en un secarral de libro, como es la Serena extremeña, se ven más pájaros por minuto que en una encinar de Sierra Morena, lo más probable es que no se lo crea, al tiempo que cuestionará tu formación ornitológica. Y hará bien. Así que lo mejor es invitarlo a dar un paseo, interpretado en el caso de que no esté muy ducho en pájaros de críptico plumaje, para desengañarse por sí mismo.

Meterse por cualquiera de los caminos que articulan la comarca pacense supone ir gastando, con alegría, el cuaderno de campo. Para eso es una ZEPA que, si no me equivoco, es la más grande de la piel de toro. Bien merecida distinción porque nunca defrauda al turista de prismáticos.

El otro día anoté en poco tiempo 45 especies, que no está nada mal. Junto con todas las esteparias clásicas, algunas acuáticas surgen de los charcos más inmundos, enriqueciendo las observaciones y generando un paisaje alado bastante curioso. Igual se ve un bando de calandrias volando sobre un zampullín chico, o un pelote de alondras coronadas por gaviotas reidoras.

Sin duda, un sitio para visitar.

jueves, 1 de marzo de 2012

Carraca europea, ave del año 2012

Acertada decisión, sí señor. Por fin se empieza a echarle cuentas en serio a uno de los pájaros más bellos de la ornitofauna ibérica. En mis correrías infantiles yo conocía a este animal como "carlanco", que es el nombre que le daba mi padre; y lo recuerdo como algo llamativo, diferente. Y no es para menos, el que haya visto alguna vez una carraca no la olvidará nunca. Junto con la oropéndola, el martín pescador y el abejaruco, conforman el póker de la belleza alada de nuestros campos.

Entre las muchas medidas que SEO va a poner en marcha durante este año, destaco la del censo popular del 15 de abril al 15 de mayo. Y sobre la marcha se me ocurre una propuesta  para el colectivo de ornitólogos de la provincia de Córdoba: tomarnos en serio esta actuación y plantearnos hacer una estima, lo mejor que podamos, de la población cordobesa de carraca. Nunca se ha hecho. Lo podría coordinar SEO-Córdoba, por ejemplo, y lanzarnos al campo durante ese mes a ver qué somos capaces de conseguir.

¿Nos animamos?

miércoles, 29 de febrero de 2012

Un mirlo en la ciudad

Aquel era un día de hielo y nieve. Tal vez por ello se encontraba muy desorientado. Así que para evitar la amenaza de la inminente congelación decidió volar en dirección que sea lo que dios quiera. Sorteó valles y montañas en tiempo récord. Pero la temperatura seguía bajando varios grados bajo cero. Nunca había conocido tanta gelidez con tan premeditada traición.

Con el vuelo consiguió, por fin, entrar en calor al tiempo que pudo observar, algo más cerca del infinito, una ciudad. Entre el temor prudente y la curiosidad que le podía, decidió acercarse para ver de cerca el desconocido paisaje al que se enfrentaba. Voló por calles, edificios, jardines, chimeneas, coches, fábricas, hasta llegar a un pequeño río que parecía ajeno a tanta voracidad y locura.

Allí paró al fin a descansar. Era un buen momento para tratar de asimilar todo lo que había visto, lo que estaba viendo. En todo el viaje apenas se había cruzado con animal alguno, salvo en el lugar donde estaba ahora. En los árboles que crecían al amparo de aquel hilo de agua vivían aves por él conocidas: ruiseñores, mosquiteros, gorriones, carboneros y verdecillos. Ningún congénere a la vista. Es normal, pensó, no me imagino a ninguno de los míos soportando tanta estridencia.

Envalentonado y tal vez animado por el menor rigor del clima, decidió pasar allí algunos días. Hizo amistad con la mayoría de las formas aladas con las que convivía. El alimento era abundante y por el momento no había advertido la presencia de enemigo alguno. Paradójica situación, demasiada tranquilidad en un lugar inmerso en una plúmbea urbe.

Incluso se atrevió a indagar entre los jardines de la ciudad. Eso sí, amedrentado por coches y personas. Aquel día de excursión casi pierde la voz, su costumbre de chillar al apercibir la presencia de un posible peligro le llevó a estar todo el día vociferando. Además, para qué, ninguno de los suyos estaba allí para agradecérselo. Así que decidió cerrar el pico, de esta manera también podía pasar más inadvertido.

Desde ese día, el mirlo común convive entre nosotros. Algunos, los más valientes, siguieron sus pasos. Dejaron atrás el bosque y el matorral serrano para seguir los consejos del avezado ejemplar, tan agradecido y confiado que ya llega a compartir los frutos secos con los paseantes dominicales.

Dibujo: vertebradosibericos.org