Un humedal protegido, un depredador en expansión y el declive del aguilucho cenizo

El aguilucho cenizo se asocia a paisajes agrarios abiertos, a secanos cerealistas y a mosaicos que todavía conservan algo de estructura y diversidad. Pero también puede criar en humedales, aunque no siempre porque sean su mejor opción, sino a veces porque funcionan como refugios. Eso es, precisamente, lo que explora un trabajo publicado por Jorge Crespo y otros en Animal Biodiversity and Conservation centrado en una población reproductora del Prat de Cabanes-Torreblanca, en Castellón: cómo una colonia que primero creció con fuerza acabó desplomándose dentro de un espacio protegido.

Los autores contrastan varias hipótesis locales y regionales —cambios de uso del suelo, lluvia, incendios, presencia de aguilucho lagunero occidental o dinámica de otras poblaciones de cenizo— para intentar averiguar qué factor encaja mejor con la trayectoria observada. Y la respuesta apunta, sobre todo, a un protagonista cada vez más habitual en muchos espacios mediterráneos: el jabalí.

Un ascenso rápido, seguido de un declive igual de rápido

La población estudiada pasó de 12 parejas en 1992 a 37 en 1999, con una fase inicial de crecimiento notable. Después cambió de signo y descendió hasta solo 2 parejas en 2017. Ese retroceso no fue un matiz ni una oscilación interanual más: los autores estiman una disminución del 14 % anual en la fase de declive. Mientras tanto, la población interior de la misma provincia mostraba una trayectoria distinta.

Ese contraste ya sugiere algo importante: no parece que el problema principal estuviera en las áreas de invernada ni en un factor global que afectase por igual a toda la población regional. Había que mirar mejor qué estaba ocurriendo en el lugar de cría costero y en su contexto cercano.

La pregunta clave no era solo qué pasaba en el humedal

Una de las aportaciones interesantes del trabajo es que no se limita a buscar una causa estrictamente local. Los autores prueban 20 modelos con variables ecológicas, climáticas y de hábitat. El modelo que mejor explicaba los datos incluyó dos elementos: un indicador de la abundancia regional de jabalí en el año previo —estimada a partir de capturas cinegéticas— y el número de parejas de aguilucho cenizo que criaban en el interior de la provincia ese mismo año. Los modelos que incorporaban la variable del jabalí acumularon la mayor parte del apoyo estadístico.

En cambio, no encontraron apoyo claro para otras hipótesis que podían parecer plausibles a priori. Ni la lluvia de abril, ni los incendios forestales regionales, ni la presencia del aguilucho lagunero occidental explicaron bien la caída de la población costera. Tampoco los cambios agrarios en el entorno inmediato parecieron coincidir temporalmente de manera convincente con el desplome.

El jabalí como depredador de nidos

La interpretación principal del artículo es que el aumento del jabalí habría reducido el éxito reproductor mediante depredación de nidos, favoreciendo después la dispersión de los cenizos hacia otras colonias. No es una idea lanzada al aire: en la zona de estudio se registró depredación de nidos, y la relación entre número de parejas y abundancia regional de jabalí en el año anterior fue negativa. Los autores plantean, además, que los humedales protegidos pueden haberse convertido en espacios particularmente favorables para el jabalí, al ofrecer agua, refugio y cobertura vegetal.

Aquí conviene matizar. El estudio no demuestra de manera experimental que el jabalí sea la única causa del declive, ni dispone de seguimiento directo de los adultos para confirmar el destino de todas las aves que desaparecen de la colonia. Lo que sí muestra es que, entre las hipótesis consideradas, esa es la que mejor explica la tendencia observada y la que encaja mejor con la información de campo disponible.

Una lección incómoda para la conservación

Este trabajo deja una enseñanza relevante: proteger un espacio no garantiza por sí mismo que mantenga las condiciones adecuadas para todas las especies que lo usan. En ocasiones, los cambios acumulados en el paisaje y en los usos del territorio generan efectos indirectos inesperados. En este caso, la recuperación y expansión del jabalí —ligada a procesos regionales de abandono rural, matorralización y cambio en la presión humana— puede haber convertido un humedal protegido en un lugar cada vez menos seguro para una rapaz que nidifica en el suelo.

Para la conservación del aguilucho cenizo, el mensaje es claro: no basta con conservar la superficie protegida, hay que entender qué está pasando con los depredadores, con la estructura del hábitat y con la conexión entre colonias. Y, sobre todo, hay que asumir que algunas poblaciones pueden depender de equilibrios muy frágiles.



REFERENCIA:

Crespo, J., Jiménez, J., & Martínez-Abraín, A. (2021). Increasing wild boar density explains the decline of a Montagu's harrier population on a protected coastal wetland. Animal Biodiversity and Conservation, 44(2), 229–239. https://doi.org/10.32800/abc.2021.44.0229


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