¿Puede el suelo llegar a ser demasiado caliente para las aves esteparias?
Hace
unos días leí un artículo de opinión publicado en El Diario deMadrid que planteaba una hipótesis cuanto menos sorprendente: el
calentamiento extremo de la superficie del suelo podría estar
convirtiéndose en una amenaza directa para la reproducción de las
aves esteparias.
La idea es sencilla. Muchas de nuestras aves más emblemáticas —avutardas, sisones, gangas, alcaravanes o perdices— depositan sus huevos directamente sobre el suelo o en nidos muy someros. Si la temperatura superficial del terreno alcanza valores extremos durante los periodos de incubación, los huevos podrían quedar expuestos a condiciones cada vez más difíciles para el desarrollo embrionario.
El autor del artículo va incluso más allá y plantea que este fenómeno podría explicar parte del declive poblacional que experimentan muchas especies esteparias en España. Es una hipótesis curiosa porque introduce un factor que habitualmente no ocupa el centro del debate sobre conservación: la física del suelo y el microclima inmediato donde se desarrolla la incubación.
Efectivamente las temperaturas del suelo durante la primavera avanzada y el verano pueden ser muy elevadas. Basta caminar por una llanura cerealista andaluza a finales en estas fechas para comprobar que el terreno desnudo puede alcanzar temperaturas muy superiores a las del aire. Además, el cambio climático está adelantando y agravando episodios de calor extremo que hace apenas unas décadas eran menos frecuentes.
Sin embargo, conviene ser prudentes. El declive de las aves esteparias es un fenómeno complejo y multifactorial. La intensificación agrícola, la pérdida de barbechos, la desaparición de linderos, el uso de fitosanitarios, la reducción de la disponibilidad de insectos, las infraestructuras, la fragmentación del hábitat o determinadas prácticas agrarias están ampliamente documentadas como factores de amenaza.
¿Puede el estrés térmico de los nidos ser otro factor añadido? Probablemente sí.
¿Es el factor principal que explica el declive general de las aves esteparias? A día de hoy no disponemos de evidencias suficientes para afirmarlo con rotundidad.
Este artículo, firmado por Andrés Zorita, abre una pregunta que merece ser investigada. Sería especialmente interesante disponer de estudios que monitoricen simultáneamente la temperatura superficial del suelo, la temperatura dentro de los nidos, la humedad, el éxito reproductor y el comportamiento de incubación de las aves durante episodios de calor extremo.
La conservación de las aves esteparias necesita precisamente eso: nuevas preguntas, nuevas líneas de investigación y la capacidad de incorporar factores que hasta ahora quizá han pasado desapercibidos. Porque puede que, mientras seguimos mirando únicamente los cambios del paisaje, parte del problema también esté ocurriendo a unos pocos centímetros del suelo, justo donde comienza la vida de estas especies.
La idea es sencilla. Muchas de nuestras aves más emblemáticas —avutardas, sisones, gangas, alcaravanes o perdices— depositan sus huevos directamente sobre el suelo o en nidos muy someros. Si la temperatura superficial del terreno alcanza valores extremos durante los periodos de incubación, los huevos podrían quedar expuestos a condiciones cada vez más difíciles para el desarrollo embrionario.
El autor del artículo va incluso más allá y plantea que este fenómeno podría explicar parte del declive poblacional que experimentan muchas especies esteparias en España. Es una hipótesis curiosa porque introduce un factor que habitualmente no ocupa el centro del debate sobre conservación: la física del suelo y el microclima inmediato donde se desarrolla la incubación.
Efectivamente las temperaturas del suelo durante la primavera avanzada y el verano pueden ser muy elevadas. Basta caminar por una llanura cerealista andaluza a finales en estas fechas para comprobar que el terreno desnudo puede alcanzar temperaturas muy superiores a las del aire. Además, el cambio climático está adelantando y agravando episodios de calor extremo que hace apenas unas décadas eran menos frecuentes.
Sin embargo, conviene ser prudentes. El declive de las aves esteparias es un fenómeno complejo y multifactorial. La intensificación agrícola, la pérdida de barbechos, la desaparición de linderos, el uso de fitosanitarios, la reducción de la disponibilidad de insectos, las infraestructuras, la fragmentación del hábitat o determinadas prácticas agrarias están ampliamente documentadas como factores de amenaza.
¿Puede el estrés térmico de los nidos ser otro factor añadido? Probablemente sí.
¿Es el factor principal que explica el declive general de las aves esteparias? A día de hoy no disponemos de evidencias suficientes para afirmarlo con rotundidad.
Este artículo, firmado por Andrés Zorita, abre una pregunta que merece ser investigada. Sería especialmente interesante disponer de estudios que monitoricen simultáneamente la temperatura superficial del suelo, la temperatura dentro de los nidos, la humedad, el éxito reproductor y el comportamiento de incubación de las aves durante episodios de calor extremo.
La conservación de las aves esteparias necesita precisamente eso: nuevas preguntas, nuevas líneas de investigación y la capacidad de incorporar factores que hasta ahora quizá han pasado desapercibidos. Porque puede que, mientras seguimos mirando únicamente los cambios del paisaje, parte del problema también esté ocurriendo a unos pocos centímetros del suelo, justo donde comienza la vida de estas especies.
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